San Valentín en diferido

Por Marcelo Aparicio

Hoy es el día de los enamorados. Dicen que para enamorarse no hay edad y generalmente se refieren a la tercera y última edad, ilustrando esta leyenda urbana con parejas de ancianos tomados de la mano o dándose un piquito, lo más probable anunciando seguros o pastas para fijar la dentadura postiza. A la no edad para enamorarse la considero más real en la infancia. Yo me enamoré a los cinco años. Pero les haré el cuento largo, cuestión que se vean obligados a leerme, crueldad que he descubierto tienen casi todos quienes escriben.

Hace algunos años, una tarde, estando en la redacción de El Periódico de Catalunya, cerrando para variar a último momento una media página semanal que escribía bajo el título de Placeres, recibo una llamada (había móviles ya) de un amigo y distribuidor de buenos vinos, que me dice: “no puedes perderte los vinos franceses que se presentan dentro de un rato”. Le explico mis premuras pero insiste prometiéndo buscarme y devolverme a la redacción. Poco rato después nos plantábamos ante las lujosas puertas del Hotel Ritz de Barcelona (hoy Palace)  y veo en el salón de grandes arañas algunos posters, de los cuales uno –con un “chateau” con su France al pie–, me resulta familiar. Justo cuando un camarero .llevando elegantemente una bandeja con copas Riedel, me ofrece probar el Pouilly-Fumé. Mientras me muestra la etiqueta del vino, mi amigo me presenta al propietario de la bodega “Monsieur Ladoucette” y exclamo: “vous avez a voir avec F.   Ladoucette”, si, me responde, es mi hermana mayor. Entonces usted es P., le digo y me pregunta de dónde los conozco y digo que de Buenos Aires, de hace muchos años. Pidió perdón, dejó todo y me llevó del brazo hasta los primeros sillones que encontró. “Cuénteme de Buenos Aires, hace tanto que no voy, ¿cómo fue que me conoció?”.

Era un bebito que nosotros, en un cumpleaños mio de cinco años, nos pasábamos de mano en mano porque era nuestro “bijou”. La mayoría de los asistentes al festejo (con piñata, disfraces, sorpresas, mago, y títeres no como ahora en un polideportivo) tenían, como nosotros, institutriz francesa y se juntaban, juntándonos. Recuerdo sobre todo que después de esa fiesta le dije a madmoiselle Etchevertz (Madmoi, vasca francesa) que de mayor me casaría con F. “Tu no puedes”, recuerdo claramente que me dijo. “F. nació con una coronita en la cabeza y tu no tienes coronita”, me frustró. Luego revolvió entre sus papeles y sacó un álbum que decía “Chateaux de la France” y me mostró dónde nació F. (fue el poster que me resultó familiar). Tuve y tengo expuesta una foto, allí donde estuve, de ese cumple, en la que estamos F. y yo tomados de la mano y abrazados viendo embobados a los títeres  o al mago, vaya a saber.  

Mi encuentro con los vinos y Ladoucette se produjo pocos meses antes que tuviera que partir hacia Francia para colaborar en los mundiales de fútbol. Con P. fijamos una fecha de ese futuro mes de julio, tal día a tal hora en Le Galopin, “que te queda muy cerca de la France Presse”, me dice y sigue con sus tareas de anfitrión. Prometió presentarse con F.

El día de marras llegué antes a la cita y pregunté al maitre que me recibió si había una mesa reservada a nombre de Ladoucette y me dijo “serán tres”. Me alivié y el corazón me latía más que por la emoción por la intriga de saber cómo sería hoy F. Pero P. apareció con otro señor, que me presentó como su enólogo , me contó que había comprado una nueva marca para hacer un Chablis que ahora es exitoso, pero nada me dijo de F. hasta que el enólogo se fue a lavar las manos. “Nos hemos peleado, pero si buscas en la guía con este apellido del marido, en la avenue Foch, la encontrarás”.  La comida no la disfruté tanto, sí los vinos, magníficamente explicados.

Volví raudo a la redacción improvisada de los mundiales y fui de cabeza a la guía telefónica. Encontré el teléfono, llamé y pedí por ella. Su castellano fino y musical me dejó pasmado. Le expliqué quién era y pegó un grito de alegría. Se recordaba y quedamos en comer en La Maison de la Catalogne. Fue un encuentro increíble. Ambos teníamos las marcas inevitables de los casi 40 años pasados, pero ella mantenía esos ojos deliciosos y esa mirada cautivadora de siempre. Le prometí la foto, pero nunca se la mandé. Tendría que volver a hacer el recorrido de la guía de teléfono, la cita, etc, porque también perdí los datos. Me invitó a pasar temporadas en el chateau, aunque probablemente sin ella que vive en Nueva York con su marido archimillonario. La baronesa de Ladoucette me contó por qué no nos vimos más. Su padre –al parecer de fuerte carácter y de esos aventureros franceses que se cautivaban con Argentina—se fue de Francia sin querer saber más de nada francés. Y cuando supo que nos conocíamos a través de las institutrices, que eran francesas, “ca va pas du tout”.  Y así terminó mi infantil idilio del que recuerdo que me traía dolores de panza, que es lo que luego supe se llamaba “mariposas revoleandote en el estómago”… 

Recomiendo mucho los vinos, aunque F. ya no tiene que ver con su elaboración y producción…

Autor entrada: onmagazzine