Charles Bronson, escolta de la Primera Dama

Por Sergio Berrocal

Cae la lluvia como solo cae en las costas del sur profundo de Europa, con la calma de quien no tiene prisa ni ganas de mojar más de la cuenta. Lluvia aburrida que no incita siquiera a buscar el grog de los bistró de París con mucho licor y poca agua caliente. Aquí no hay que entrar en calor. Ni puñetera falta que hace.

Charles Bronson, ya enterrado, vuelve a las calles de una ciudad cualquiera, norteamericana por supuesto, para que el orden reine. Siempre tiene a alguien que vengar. Como cualquier hijo de su madre. Salvo que él tiene pasaporte norteamericano aunque llegó desde la lejana Lituania y aunque Sergio Leone le dio un baño de cine del suyo, aquel que siempre acompañaba Ennio Morricone, con “Érase una vez en el Oeste”, lo suyo fue durante muchos años el papel de vengador solitario que venga el honor de su hija, el de la novia y el de algún amigo descarriado.

Es difícil no sentir ternura por ese personaje que limpia concienzudamente las letrinas de grandes o pequeñas ciudades donde la policía oficial, la que lleva una placa y un pistolón, tiene que guardar las formas porque le ley manda. Hasta que la ley descarrila y acudes a la Biblia para reclamar el ojo por ojo y el diente por diente.

¿Tendría cabida Charles Bronson, el justiciero, en los Estados Unidos de Donald Trump? Porque ahí está la actualidad, lo que se cuece en Washington y lo que el resto de los norteamericanos perciben en el resto de ese inmenso país.

Como sigue lloviendo torpemente — cómo añoro aquella lluvia tropical de Manaus, cuando te llegaba encima una tonelada de agua a temperatura corporal, nada agresiva, que se secaba en lo que tardabas en atravesar la calle—imagino a Bronson con cara de perro escoltando a la Primera Dama de los Estados Unidos, como hizo en una de sus películas. Pero ahora ella, la protegida, sería Melania, la esposa callada y sumisa de Trump.

Los imagino a los dos corriendo por ciudades lejos de Washington en busca de aventura, nada de sexo, por favor, pero qué diablos van a pensar ustedes, ella perfectamente maquillada y con sus trajecitos sin una arruga de calidad y él con el rostro a lo Tarzán defendiendo a su Jane, aunque tenga su corazoncito.

Aquella película se titulaba “El guardaespaldas de la Primera Dama” con la esposa del protagonista como partenaire, Jill Ireland, belleza fría que tenía un cierto parecido a Doña Melania, aunque no la veo saltando de un tren en marcha y subiendo de paquete en una moto con uno de esos modelitos de Alta Costura que aparentemente se pone hasta para ir al supermercado.

Pero al super la acompañaría, claro está, Charles Bronson que, según algunos estudios de gustos femeninos, concluyeron en su momento que con su rostro un tanto mongólico y sus gestos de macho sin concesiones esra un tipo que podía enamorar a más de una mujer.

Y la prueba es que conquistó a Jill Ireland, a la que uno le ve un cierto parecido con la First Lady Melania de Trump.

Total, que hubiese sido un lío y puede uno calcular que el Presidente actual, al que según estudios se le atribuye una porción de leche agriada bastante considerable, no habría consentido que Melania durmiese en la misma habitación que Bronson, aunque no se le moviera un pelo, y que siguiese trotando por todos los Estados Unidos con un tipo que sin su placa era lo más parecido que había a un bandido o por lo menos al personaje que Sergio Leone le dio en su película del Oeste.

A estas altura de la lluvia desanimada, sin alma, que sigue cayendo sobre la playa mientras dos noruegos se bañan con el espíritu de las grandes nieves, se me va el santo al cielo y me meto en la playa de Biarritz, la que charla todas las mañanas con el Hotel du Palais, metido entre las olas por el capricho de Eugenia de Montijo, que fue Emperatriz de Francia con el apuesto Napoleon III.

Es uno de esos hoteles donde hay que pasar una noche antes de morir para que el viaje te sea placentero, forastero.

Estamos en 1930 o algo parecido y el fotógrafo Jacques Henri Lartigue se pasea por la cálida arena robando el alma de mujeres de una elegancia que hoy ya no se lleva, la nacida de la cuna, belleza trascendental que apenas se cubren en blanco y negro piernas largas y modeladas por el bronceado del Atlántico, cuyos rugidos se meten a golpe de mar en las habitaciones históricas del antiguo palacio de Eugenia de Montijo.

Lartigue tenía la gracia de apretar el gatillo de su Leica cuando la bella en bañador de una pieza que dejaba al aire todo lo que había que ver.

Bronson y su protegida habrían llegado al Hotel du Palais… Y ahí se habría acabado el cuento. A menos que una unidad de la Marina de los Estados Unidos no hubiese desembarcado en medio de estruendosa música de Wagner para rescatar a la Primera Damita.

 

 

 

 

 

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