Adios, archidona, nunca mas

Por Sergio Berrocal

Me refugio en el título de Sergio Leone para hablar de mis amores y desamores. Creí que era hijo de Archidona y me negaron la nacionalidad. Entonces no me queda más que contar mi historia. Mis grandes alegrías de hombrecito, ya por los diez u once años, ya estudiante, se centraban en un pueblo de la serranía de Andalucía, donde regularmente pasaba todos los veranos o al menos parte de ellos. Era el momento más esperado del año. Abandonaba por tres meses la especie de convento que dirigían los mosqueteros de Richelieu (los malos) en la calle Falange Española de Ceuta y llegaba al pueblo como Eisenhower cuando pisó por primera vez Europa durante la II Guerra Mundial.

En aquel acaramelado pueblo había dos bandos. Los varones de la familia solían tenerme un poquito de rabia, a algunos les duró hasta hace poco, porque consideraban que en cuanto llegaba yo se les habían acabado los mimos de las mujeres. Sus propias madres se convertían en mis adoradoras. Yo me sentía como Alí Babá y sus cuarenta mujeres. Entre unas y otras a punto estuvieron de convertirme en un mariconcete de espanto antes de tiempo porque me teñían el pelo y me vestían como una muñequita. Pero valía la pena. Incluso valió la pena cuando se me infectó una inyección de no sé qué y el practicante del pueblo tuvo que zanjarme una parte de mi sagrado culito. Recuerdo que la operación, de la que se llevaba hablando dos días, como si el Doctor Flaubert fuese a operarme de una rara malformación en el pie, se llevó a cabo en la habitación del último piso de la casa que mis abuelos ocupaban en lo más florido del centro.

A aquel lugar donde la luz que entraba suavemente por dos ventanillas sacadas del tejado tenían la delicadeza de desparramarse por las paredes sin aspavientos, casi con intimidad. A aquel lugar le designaban como la camarilla y era como ese edén del que muchos años más tarde empecé a oír hablar. Los techos eran bajos y las camas altas, con enormes colchones que casi llegaban al techo una vez que los habían vestido con sinfín de sábanas de cualquier ajuar, mantas para fríos polares y colchas amorosamente tejidas por todo mi harén. Jamás fui tan feliz como durante todos aquellos meses, ajados por la necesidad de volver a Ceuta para seguir canonizándome con los estudios. Y no les hablo de ese día en que después de comprobarse la infección provocada por una inyección en mal estado (¿por qué no me inyectarían el virus del tifus con lo que habría podido prolongar mi agonía durante semanas?)  el practicante me zanjó a lo bestia.

Pero aquello empezó a echar pus. Yo chillaba como ni siquiera lo hacían los guarros de la matanza que terminaban sus vidas en cómodas en inmensas perolas de cobre que cocían durante horas y días en el fuego de la inmensa chimenea de la cocina gigantesca de mi tía Cristina, allá en el Paseo. No paraba de berrear en cuanto aparecía el practicante para la cura. Y rápidamente se oían zapatazos en las escaleras que conducían a aquella buhardilla que normalmente era el dormitorio de mis primas.

Cuántos senos blancos, turgentes y poderosos se acercaban para paliar mi dolor. Cuántos labios más bellos que el coral restañaban las lágrimas que caían desde lo alto de mis pestañas, que sospecho eran mantenidos largas como las de las cabareteras con abéñula que mis niñas me ponían cariñosamente. Cuántas piernas nuevas de vida se paseaban por mi cuerpo para consolarme. Cuántos muslos vírgenes se desnudaban en la lucha contra mi dolor. Todos eran olores del paraíso. Nunca más, jamás, lo juro por Jesucito, conocí una época de tamaña felicidad. Mucho después, a mí siempre me ocurrían las revelaciones de las cosas con cierto retraso, me enteré de que aquellas sensaciones que yo vivía en el confinamiento veraniego de la camarilla las llamaban erotismo. Pero por muchas películas que ya de mayor vi, por muchas sensaciones sexuales que tuve, ese inocente erotismo nunca volví a encontrarlo.

Ni Emmanuelle en sus escenas más inocentemente atrevidas consiguió nunca igualar aquellos momentos de dolor dulce. Virgen y puro tuve una iniciación sexual fortuita, o al menos eso sigo creyendo, aunque también es verdad que la bondad de la inocencia no se me ha evaporado con los años.

Los recuerdos de este primer despertar sexual me han perseguido toda la vida. Y hasta he tratado de reconstituirlos pero las marchas atrás son escabrosas.Cuando ya empecé a volar por mi cuenta, después del bachillerato cursado en Ceuta con tantos enamoramientos como matrículas de honor, me planté en Tánger donde yo intuía que mi vida iba a comenzar en serio. Cerró su particular baúl de los recuerdos y concentró su atención en la maravillosa sonrisa que le había salido en la foto junto a Paul Lukas.

Mi enamoramiento con Archidona, que ya dura más de sesenta y cinco años, la edad legal de la retirada, tuvo dos fases a miles de años una de otra.De niño, la bella Archidona, que siempre pronuncio para mis adentros con el fervor de la primera mujer, fue un inacabable paño de lágrimas.

Con lo que acabo de contarles ya han tenido una idea. Y pido mil perdones a todos aquellos que, amistosamente escépticos, o feroces enemigos de la felicidad, me juzguen mojigato, llorica y otras cositas menos amables.

Soy como soy y así quiero que me tome el lector. Mi vida ha sido escribir, primero como periodista que ve, cuenta y calla para siempre jamás hasta la hora del güisqui cargado de Perrier.Luego, ya en el varadero de la Costa del sol, reinventando mi memoria, que, parafraseando a Voltaire, no se sabe nunca cuando dice la verdad, cuando miente, o simplemente cuando adorna nuestros relatos más íntimos.Hace unos días, un viejo amigo de París, hombre que ha vivido entre aviones, gente sospechosa, así me conoció a mí, me decía que soy “un embellecedor”.

Puede que César tenga razón pero embellecer a Archidona sería muy difícil. Y mis recuerdos que me atan a ella son tan bellos, con algún que otro tropiezo sentimental o familiar, que no tengo necesidad de sacar ninguno de esos productos que usamos muchos de la gente que escribe.

Cuando ya mayor, estilo bachillerato, dejé Archidona para incorporarme a la vida de los mayores, yo no sabía que pronto, al cabo de treinta y tantos años más o menos, otra etapa iba a permitirme volver a mi particular triángulo de la Vega de Antequera-Archidona-Algaidas.

Este segundo cacho de vida mía voy a contarlo sirviéndome de las cosas que metí en mi novela “Ojos verdes”, publicada cuando avisté, aterricé y me fijé en el último reducto cristiano antes de África.

Soy escritor de pocas palabras. Me gusta referirme a menudo a las mismas cosas porque en cada momento distinto lo que hemos vivido o querríamos vivir se enriquece con aquel recuerdo que había estado escondido en lo más profundo de la memoria.Bueno, vengan conmigo al aeropuerto de Málaga, otro de los ejes de mi vida, y embarquen conmigo en el cuento que voy a contarles.

El avión de Bruselas había llegado con retraso. En medio de tanto turista sudoriento en busca del sol español, Luis se sentía roto. Un montón de horas atrás todavía andaba por las calles de un pueblecito belga de los alrededores de Lieja en busca de mercenarios que estaban escribiendo una página de historia en el Congo ex belga, donde los occidentales se empeñaban en sacar tajada mientras las Naciones Unidas se hundían en el barrizal más maloliente de su ya espantosa historia de errores.

Había pasado unos días emborrachándose con aspirantes a mercenarios. Había tenido la impresión de que allí debía de terminarse un mundo o por lo menos un montón de ilusiones. Las últimas horas las había pasado detrás de una cerveza helada encogida detrás de las ventanas de un cafetucho sin horizonte, en cuyas máquinas tragaperras los obreros de la otra Europa, la pobre, perdían alegremente el sueldo de la semana ganado con mucho sudor en las minas de carbón. El horizonte de todos los parroquianos estaba apagado como la colilla de un puro que yacía desde hacía dos días en un cenicero con marca de aperitivo empalagoso.

El reportaje que le había llevado hasta ese pueblo perdido en la cuenca minera de Bélgica había tomado los derroteros de la confesión. Jóvenes y menos jóvenes, todos estaban bronceados, pero no por el estúpido sol de las vacaciones. Acababan de bajar de un avión y se habían arrastrado muertos del cansancio de la desesperanza hasta las mismas mesas que meses antes abandonaran con el corazón a punto de estallar de puro gozo. Creían que les esperaba una nueva vida allá en Africa. Jo dejó sin vacilar el garaje asqueroso donde arreglaba motores diesel. Jean-Marie, la mina donde los pulmones se le iban oscureciendo con la silicosis y la desesperación. En el grupo había dos españoles nacidos en la emigración del olvido de unos padres de Oviedo que encontraron su Eldorado en la fría pero acogedora Bélgica.

Un general afrikaner les había ofrecido las llaves del paraíso. Cuando después de bajar del tren de París, Luis los había encontrado en el cafetucho eran ya vencidos profesionales, perdedores de toda la vida, aunque no lo sabían.

La primera vez que se habían encontrado –cómo pasaba el puñetero tiempo, si parece que fue ayer…– tenían la sonrisa de quien cree que las cosas no irán peor de lo que van. En Africa les aguardaba la aventura, una vida nueva a las órdenes de un coronel mercenario nacido y mamado en Sudáfrica y a quien los negros habían pedido ayuda para asentar instituciones más o menos sólidas cuando por fin, tras muchos años, lograron echar a los blancos del poder.

Pero cuando se restablecieron las cosas, el coronel había querido quedarse y los “voluntarios” blancos habían pasado a ser mercenarios indeseables. Ninguno quería marcharse. Parecían convencidos de defender el Occidente cristiano y blanco frente a las hordas marxistas y negras que a través de las urnas se habían apoderado de uno de los más ricos países del continente africano. También estaban los aventureros aficionados, en busca de la fortuna fácil.

 La alfombra de las maletas se estaba animando. Luis ya apostaba que, como siempre, la suya saldría la última. Por las cristaleras que daban a la pista entraba el sol como si estuviese en su casa. Estaba sudando y ni siquiera se había quitado la gabardina que en el pueblecito belga le protegía contra la maldita neblina cargada de polvillo de carbón que parecía reinar a lo largo de todo el almanaque en aquella cuenca minera.

Sus amigos, los antiguos mercenarios, seguirían a estas horas con los ojos anegados en el vaso de cerveza. Estaba como avergonzado, casi con ganas de llorar. Durante los días que habían pasado juntos se había limitado a ser un buen periodista, es decir un seminarista doblado de un psicoanalista loco y les había arrancado las tripas, tratando de saber qué se siente cuando se llega a la conclusión de que todo ha acabado, de que no habrá segunda vuelta, ninguna posibilidad más.

Puñetero oficio el suyo, siempre revolviendo la basura de los sesos, metido hasta la mierda de cuerpo entero. A él siempre le cabía la posibilidad de tomarse una ducha en un hotel de cinco estrellas. Pero sus víctimas quedaban con la porquería a punto de metérsele en la boca, al borde del suicidio.

Habían sacado todo lo que tenían dentro, hasta las cosas más íntimas no por exhibicionismo como pensaban hipócritamente algunos compañeros de Luis sino esperando que aquel hombre de voz dulce y buenos modales les consolara, que fuese un bálsamo más o menos milagroso. Todo lo que encontraban con suerte era una foto en los periódicos y toda su mierda extendida por las columnas que detrás de las lágrimas les era imposible descifrar.

Dejaba a sus “pacientes” peor que antes y cuando desde su hotel con aire acondicionado y con un vaso de güisqui para ayudarle a cometer el último crimen transmitía al periódico su reportaje solía quedar asqueado, vacío.

Sabía que había cometido una mala acción, que la objetividad reflejada en páginas impresas, metidas en la voz de la radio o en las imágenes de la televisión no dejaba de ser un crimen contra la humanidad. Nunca podría olvidar a aquella bonita morena, esposa de un realizador de cine célebre, que por aquello de la amistad le había abierto un día de depre las compuertas de sus emociones, hablándole del hombre que quería como quizá no lo había hecho nunca, ni a ella misma. Cuando al día siguiente vio que todo aquel cuento que ella creía decir a un amigo estallaba a cinco columnas en un diario de la tarde, la mujer le llamó, más triste que furiosa. Le preguntó acongojada que cómo había podido traicionar su amistad.

Que todo lo que le había contado, detalles íntimos que al interesado habían puesto al borde de la depresión nerviosa, iba destinado al amigo, no al periodista. Al teléfono que le reprochaba todas aquellas cosas, que le decía cómo había dado al traste con toda una vida de amor y de enamoramiento, Luis no supo más que contestar: “Cuando se habla con un periodista hay que saber lo que se dice”. Había hablado como uno de esos niños inmaduros recién salidos de la Escuela de Periodismo que creen que todo les está permitido, que las bajezas que cometan serán puras hazañas..

Una mano de puntas rojizas y prometedoras –pero sabía que las promesas no pasan de ser eso, promesas– le tendía un llavero. Se metió en su coche de alquiler y a través del parabrisas el sol andaluz, sólo comparable a sus gentes, le trajo de nuevo las imágenes frías de los vencidos. Y se le vino a la cabeza algo que le había oído decir en la Sorbona a Jorge Luis Borges, ese argentino que a fuerza de ser tan excepcional no parecía argentino: “En la vida las derrotas son mucho más ricas que las victorias. Las derrotas nos hacen pensar mientras la felicidad es de por sí un fin”.

Aceleró y un guardia municipal a lo Marco Ferreri, con bigote y un soberano cabreo, le pitó. Frenó en seco y se volvió el tiempo suficiente para hacerle un rabioso corte de manga dentro de la más académica tradición.

La vega de Antequera se le apareció y como siempre que la veía al atardecer quedó pasmado ante el sol rojizo que se iba a dormir y que no había conseguido ver en ninguna otra parte del mundo. La carretera estaba bordeada por dos alfombras en las que predominaban el verde de los olivos y ese amarillo de los girasoles que Van Gogh inventó sin saberlo antes de pegarse un tiro en un pueblo perdido a sesenta kilómetros de París, donde hoy no queda de él más que una tumba asquerosa y una habitación todavía menos acogedora..

Hacía siglos que no pisaba Andalucía ni que había visto a toda la gente que allí quería, en pueblos de los que nunca habían oído hablar los turistas tarados, porque en lugar de playa no tenía más que olivos orgullosos y fuertes. Se metió suavemente en la cuneta, al lado de un enorme olivo y contempló un buen rato sus ojillas verdes y fuertes. En unas pocas horas había cambiado de planeta.

La tarde empezaba a dejar paso al anochecer y no sabía qué hacer. A la izquierda estaba Antequera. A la derecha, la carretera de Córdoba. Toda su infancia se desparramaba entre olivares y trigales. Hacía tiempo infinito que no acariciaba una rama de olivo. Todos no eran más que recuerdos: los abuelos, los tíos, los primos, algunos amigos alejados por el tiempo que rompe todo.

Lo mejor de su vida estaba escondido en un pueblecito, a apenas media hora de coche. En Bruselas había decidido bruscamente, como solía hacer, que necesitaba cambiar de aires y después de una rápida conversación telefónica con su periódico se marchó al aeropuerto.

En Málaga nadie le esperaba porque nadie sabía que llegaba. Posiblemente muchos de los suyos se preguntarían si Luis seguía vivo. Había cortado puentes. No mirar nunca hacia atrás era una divisa. La hizo suya la tarde en que un amigo había volado estúpidamente –¿de qué otra forma puede volarse uno la vida?– sobre una mina, en las afueras de Saigón. Y para convencerse se repetía que un periodista tenía que ser como un cura: ni familia ni creencias. Escribe lo que veas y sigue adelante. Entonces, ¿qué diablos hacía sentado allí a orillas de la carretera, eternamente plagada de camiones apestando a gasóleo?.

Cuando ya tarde vio las luces del pueblo paró de nuevo el coche. Era la hora “de la fresca”, como decían sus lejanos paisanos. Las terrazas de los bares se llenaban bajo el manto de estrellas que nunca faltaban a la cita. El paseo estaba a dos pasos. Veía brillar las lozas por las que de niño había correteado bajo la luz amarillenta de las farolas de siempre. Notó con cierta alegría que aparentemente pocas cosas habían cambiado, aparte las barandillas del paseo, punto estratégico de juegos de niños y de idilios de adolescentes. Los bancos de piedra seguían gastados por la paciencia del tiempo. Al otro lado de la plaza estaba la casa de sus tíos. Con ellos pasó algunos de los momentos más bellos de la niñez. Era una casa en la que el amor chorreaba por las ventanas.

Al pronto no le reconocieron, como tampoco él podía saber que la chavala de pelo corto que se mecía en una mecedora era aquella prima de sus juegos. La última vez tenía muy poquillos años. Ahora encontraba una mocita morena de ojos verdes –los ojos los vio al día siguiente– que se ruborizó cuando él se acercó para darle un beso. La noche le sabía ya a magia, como todas las que en París, Londres, La Habana o Bruselas había imaginado en la nostalgia de esa Andalucía que a ratos a él se le antojaba el paraíso perdido. El tío Antonio estaba dichoso. No había más que verle la sonrisa de dientes grandotes y de un blanco casi caricaturesco. La tía Cristina no sabía qué hacer ni qué decir. El calor apagado por la noche bendita, todavía pegaba con saña, salvo cuando se tropezaba con un chorreón de viento de la sierra de la Virgen.

Luis tenía la impresión de que nunca se había sentido tan feliz. Estaba borracho, pero no como esa borrachera pobre de la última noche pasada con los mercenarios belgas. Se habían emborrachado con aguardiente alemán, cerveza “Vieux temps”, casi tan fuerte como el licor que cocía el gaznate, y para acompañarlo se tragaron sin pestañear una lata de sardinas en aceite de cinco kilos.

Con una risita burlona, la prima le miró descaradamente. En la admiración al límite del regodeo de unos ojos encandilados por las cosas que pueden contarse sobre los extravagantes de la familia vio algo más. Descubrió la serenidad, esa serenidad del alma a la que él sólo accedía con su inseparable cajita de neurolípticos. Puñetas, qué maravillosamente bien se sentía… Los ojos de la prima –¿cómo diablos se llamaba?– no le perdían de vista, y le siguieron hasta que, sin saber cómo, se encontró entre dos sábanas frescas. El airecillo que de vez en cuando se colaba por la ventana reemplazó el habitual somnífero, por primera vez en Dios sabía cuanto tiempo.

La persiana verde del comedorcillo era infeliz frente al plomizo sol del mediodía andaluz. Los ojos verdes se sonreían burlones: “Vaya manera de dormir…”. El cuerpo era chiquito. Ella se agachó para besarle en la mejilla y Luis se sintió cortado por el olor a lavanda fresca. El vestido de la prima se confundía con la blancura del sol. Pensó que la chiquilla era realmente atractiva. Los ojos eran lo más expresivo. Taladraban con una pizca de seriedad y una mijita de impertinencia. Los senos que el sol dejaba entrever eran pequeños y orgullosos. El vestido blanco dejaba al aire unas piernas garbosas y juguetonas.

Durante una semana, Luis se olvidó de todo cuanto normalmente era su pan cotidiano, la actualidad con todos sus horrores y enormes imbecilidades.

Todos en la casa le trataban como si estuviese convaleciente. Las charlas con el tío ocupaban buena parte de un tiempo que empezaba a galopar. Por la noche, la prima entraba y antes de que se diese cuenta estaban paseando bajo las noches eternas estrelladas de la infancia. Charlaban, reían. En las últimas dos semanas el universo del convaleciente había tomado otras dimensiones. Todo su universo giraba alrededor de aquella muchacha. Por primera vez todo le parecía menos complejo. Ni crisis de conciencia desde el desayuno ni absurdas e incontestables preguntas sobre una profesión que cada día le parecía más mercantil, más vendida. En ese momento no se reconocía en la definición que el cineasta Elia Kazan daba de los periodistas en algo que algún día escribió: putas chuleadas por todos los personajillos que hacen la actualidad.

La prima le hablaba de sus proyectos. No quería cambiar el pueblo por nada y esperaba poder ejercer allí mismo de profesora, en una de aquellas escuelas de ladrillos y cal.

Una noche apenas hablaron. Los ojos verdes habían perdido la risa. Estaban casi tristes. Las palabras apenas tenían sentido. Luis le decía lo bien que se sentía allí y lo penoso que sería volverse a marchar. Y para él se contaba que estaba viviendo un intermedio casi irreal. Sentía confusamente que muchas cosas habían cambiado para él. Hastiado de confesar al mundo llorón, de jugar al tiralevitas con esos personajes que le procuraban la carnaza para sus reportajes.

Aquella noche, durante el ya tradicional paseo, se besaron como dos enamorados que descubren el amor, con el gozo de lo desconocido, con la angustia perdida de dos seres que quieren unirse en la profundidad del tiempo y del espacio.

 Al día siguiente la convenció para que le llevase a un concierto en los jardines de la Alhambra.Y mientras un cantaor flamenco con perfil de visir cordobés aseguraba que “cuando levantas los brazos se me para el corazón”, ella se había instalado en el hombro de Luis y le musitaba con una voz llena de eses arrastradas y de suspiros contenidos que se perdían en el cielo azul: “Sigue escuchando. Yo voy a ser tu Sheherazade. Como eres un guiri y estás medio majara poco sabes de este palacio llamado Alhambra.

“Es uno de los raros testimonios que nos queda de haber formado parte de la civilización más fabulosa jamás contada. Pero, además, fue una cuna del bien vivir, donde los poetas escribían en las paredes y en las fuentes. En este mundo refinado, con el que un mal día de 1492 se dieron cita unos bárbaros llegados del norte, todo era placer, nada estaba prohibido. Era pecado no ser feliz pese a que también hubiese de vez en cuando alguna que otra reyerta sangrienta, pero siempre entre gente de buena compañía que podía llorar al ver florecer una rosa o quedar traspuesto por el olor del jazmin.

El último de nuestros reyes, escucha, oh afrancesado cateto, fue Boabdil. Cuando esa pareja de facinerosos que eran Isabel y Fernando decidieron acabar con la cultura, tomaron Granada y dieron jaque al rey de la Alhambra. Cuentan que cuando Boabdil tuvo que entregar las llaves de la ciudad a los reyes castellanos, en una ceremonia al aire libre que hoy hubiese transmitido en directo CNN, se partió en llanto desconsolador, sin importarle hacerlo ante todos aquellos que sólo le conocían como un soberano feliz y poderoso. Pero sus lágrimas no caían sobre el poder perdido sino sobre la Alhambra, convertida por los árabes en un zaguán de ese paraíso que Alá promete a los verdaderos fieles.

El Corán lo recuerda constantemente, oh mi francesito perdido: Y en cuanto a los que crean y hacen buenas obras, los haremos entrar en jardines debajo de los cuales fluyen ríos, para permanecer allí eternamente. Para ellos habrá compañeras purificadas y los haremos entrar bajo sombra abundante…

Y ahora, si de veras eres capaz de no interrumpirme con tus sandeces occidentales, voy a contarte un cuenta de amor, un cuento que nunca has podido oír porque nos lo transmitimos de Sheherazade en Sheherazade…”

La guitarra estaba introduciendo unas alegrías que el cantaor estaba a punto de atacar. Luis se volvió hacía ella y beso suavemente las yemas de sus dedos, que le supieron a jazmín y a canela.

Estate quieto y escucha a tu Sheherazade. En esa torre que ves a lo lejos por encima de ese barrio llamado Albayzyn…

Era en tiempos de Mohanmad El Zurdo, rey de Granada y señor de la Alhambra. En una de sus frecuentes correrías, un anochecer se encontró con el filo de un sable toledano con el que un guerrero castellano quería degollarlo. La vida se la debió únicamente al noble que estaba al mando de aquellas tropas.

El noble castellano fue agasajado por aquel moro que siendo rey de Granada había estado a punto de perecer como un gañán. Quiso devolver aquella vida que Alá le había dejado y rogó a su nuevo amigo que le pidiese lo que se le antojara. El soberano granadino estaba convencido de que los favores son de devolver.

Durante toda la batalla, el noble castellano había tenido a su lado, como una sombra protectora, a un zagal quien al escuchar al rey moro se le acercó y le habló al oído.

Cuando terminó de hablar, el noble castellano no pudo ocultar su sorpresa. Lo pensó unos momentos y sonriendo para sus adentros dijo al rey moro: “Uno de mis más fieles compañeros, éste que ves ahí, querría poder vivir un tiempo en la Alhambra para observar vuestras costumbres. Debo de señalarte que pese a su juventud admira vuestras artes y ya se ha iniciado en vuestro hablar”.

Aunque era una demanda de lo más insólita, el rey accedió inmediatamente, con la única condición de que aquella visita no trascendiera y fuese el más guardado de los secretos.

Enfundado en vestimentas de la corte de Granada, el Zagal penetraba horas después en el recinto del palacio, acompañado por uno de los más fieles lugartenientes del soberano.

Al pasar delante de la guardia mora, su cara estaba perfectamente disimulada por un enorme pañuelo que sólo dejaba pasar el fulgor de unos ojos verdes, que se abrieron de admiración cuando su acompañante le llevó a sus aposentos a través de un llamado patio de leones. Era una sucesión de pórticos sobre columnas de mármol. Una fuente sostenida por doce mansos leones tallados en el mármol hacía olvidar el rigor del calor que reinaba en las faldas del monte sobre el que se asentaba la Alhambra.

Callados atravesaron la llamada Sala de Abencerrajes, lugar de festejos. Al dejarle en la puerta de las habitaciones que debían ser su observatorio, y donde sólo tendría como acompañantes a dos guardaespaldas castellanos mudos y obedientes, su guía le explicó socarronamente que en aquellas mismas salas donde él iba a vivir un tiempo había sido decapitado el jefe de la familia de los Abencerrajes por orden del sultán Muhammad IX.

Con una carcajada, y antes de desearle que Alá velase por sus sueños, el oficial moro le espetó como una última broma: “Pero fíjate lo que son las cosas. Años más tarde, la cabeza del sultán rodaba a su vez sobre estos mosaicos que estás pisando…”

El Zagal tuvo un respingo, como si hubiese tenido miedo de manchar sus botas de cuero cordobés con la sangre de todos aquellos moros.

Los aposentos que le habían destinado eran un reflejo del refinamiento de aquel mundo que hasta ese momento él sólo había podido entrever a través de los cuentos de algún cautivo moro y que había sido impuesto por la dinastía nazarí.

Un zócalo de alicatado multicolor, con figuras geométricas que encandilaron los ojos verdes del Zagal, decoraban la pieza principal, situada por encima del patio de leones.

Detrás de una puerta en taracea, se encontró con una confortable alcoba donde dominaban zócalos alicatados igualmente geométricos. Por una ventana le llegaba la paz del patio. Sobre la cabeza de los doce leones que sostenían la taza el agua se derramaba parsimoniosamente.

Todo era paz. De la boca de los leones parados en el tiempo, doce chorros de agua transparente se desgranaban por el patio.Desde donde estaba, El Zagal observó que la taza de la fuente estaba decorada con caracteres de cuyo sentido le habían instruido sus profesores de árabe. Eran un poema de uno de los tres grandes poetas de la Alhambra, Ibn Zamrak, cuyo significado recordaba perfectamente: “Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas, lágrimas que esconde por miedo a un delator”.

El Zagal volvió a dar un respingo, como si aquellos versos fuesen un mensaje que le estaba esperando. Mientras se retiraba al fondo de la alcoba, bajo una caricia de frescura, recordó también lo que un cautivo moro le había dicho en cierta ocasión. Que para ellos el agua era un don precioso del sultán y que, como él mismo iba a poder comprobar, estaba en todas partes en este palacio de color rojizo.

Transcurrieron muchas prometedoras mañanas, calurosas tardes y frescas noches. En cuanto se ocultaba el sol, el oficial que le había sido designado por el sultán acudía puntualmente para enseñarle con un orgullo mal disimulado los tesoros de la corte.

Una noche le condujo a los baños de las mujeres. Sobre el agua crujiente en  piscinas de mármol repujadas de adornos multicolores flotaba el recuerdo de las bellezas que allí pasaban sus ratos de ocio.

“En ese estrado que ves allí al fondo –le contó su cicerone– se sientan los músicos que siempre acompañan con su talento el baño de las mujeres… Pero para evitar indiscreciones, todos son ciegos. A algunos Alá les negó el placer de ver. A los demás se le saltan los ojos antes de permitirles tocar aquí…”

La carcajada del oficial hizo estremecer la superficie del agua…El tiempo fue pasando. En un atardecer de aquel verano, el Zagal contempló una vez más la fuente del poeta y volvió a decirse sus versos, casi musitando y con su árabe infinitamente dulce: “Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas, lágrimas que esconde por miedo a un delator”.

Apenas había pronunciado la última de aquellas enigmáticas palabras cuando sintió unas manos, suaves como el aire, que le apretaban los hombros.

El Zagal no se azoró. Sabía que el único que podía haber entrado era su inseparable oficial de la guardia real, el único que sabía de su presencia en la fortaleza más bella que jamás imaginó Alá en tierras de al-Andalus.

Días atrás, había tenido que reconocer que le  molestaba la presencia de sus guardaespaldas cristianos y había ordenado que se marcharan. Aunque cuando quería ser sincero se decía que no era la única razón…

El Zagal sintió que los dedos que le aprisionaban le hacían girar suavemente. Los ojos verdes quedaron por primera vez frente a los ojazos negros del oficial moro. Los dedos quemados por el sol retiraron con una suavidad de brisa el pañuelo que siempre había ocultado el rostro del cristiano.

Hubo dos fulgurantes sonrisas felices y los labios del moro se estrellaron con furor en los del cristiano. Antes de que, temblando, cayesen en una alfombra, el oficial dejó escapar esas palabras que los musulmanes no olvidan cuando van a a rezar o a acometer algo importante: “En el nombre de Dios el misericordioso y compasivo”.

El rumor de la lágrimas de agua que caían en la fuente de los leones apenas fue más fuerte que los gritos de gozo contenidos que se sucedieron hasta que el sol empezó a asomarse por las ventanas de la Alhambra.

Los granadinos más madrugadores vieron ya a lo lejos dos caballos que tras haber bajado como un rayo la cuesta de la Alhambra parecían volar hacia la vega.

Los fugitivos sabían que el tiempo lo tenían contado. En cuanto descubriesen la huída, los mejores jinetes moros y los mejores de entre los cristianos no les dejarían respirar. En la relajada Alhambra, nadie iba a rasgarse las vestiduras por aquel idilio. Fuera de preceptos religiosos, los amores entre hombres eran tolerados.

Los cristianos estaban atados todavía al machismo más absoluto y sería raro que lo tomasen con tanta soltura. De todos modos, aquella manera de unir dos religiones que se combatían a muerte no iba a gustar ni en Castilla ni en al-Andalus.

El Zagal y el oficial comprendieron que iban a poder escapar cuando se encontraron al pie de un monte moteado de olivos y de pinos en cuya cumbre se alzaba una fortaleza pegada a una mezquita.

En aquel picacho roto por el viento, los enamorados apenas se percataban de la constante vigilancia a que les tenían sometidos moros y cristianos, aunque nadie pensase en atacar. El oficial, que había hecho allí mismo sus primeras armas en la guardia real, sabía que el refugio era inatacable. Lejos de la Alhambra volvieron a sucederse los días con la misma ardiente pasión que se habían sucedido en el palacio de las mil y una felicidades.

Los asediadores comprendieron que su paciencia iba a ser recompensada cuando un amanecer vieron dos caballos que se alejaban de la fortaleza. Los dos amantes habían vestido sus más bellas galas y muy juntos sus caballos empezaron a trotar. El paseo fue corto y se terminó allí donde la montaña se terminaba. El oficial moro tomó al Zagal sobre su silla repujada y el caballo dio unos pasos más.

Desde abajo, moros y cristianos soltaron gritos de espanto y de sorpresa al ver que el caballo negro que llevaba a los dos amantes parecía querer volar por debajo de las nubes. Todo ocurrió en un silencio impresionante que ni siquiera los pájaros se atrevían aparentemente a romper.

Cuando a duras penas los soldados cristianos y moros llegaron al fondo del barranco vieron dos cuerpos que al caer habían destrozado unas chumberas. El oficial estaba totalmente machacado. El cuerpo de El Zagal parecía, por el contrario, que de un instante a otro iba a ponerse de pie y salir corriendo.

Un moro que se acercó al segundo quedó electrizado por la sorpresa. El rostro que tenía ante sí era el de una mujer bonita como las que Alá promete a los fieles. Los labios, rojos reventones, parecían incluso esbozar una sonrisa. Las dos manos estaban firmemente atenazadas alrededor de su vientre. Se oyó como un quejido y cuando hurgaron en un paquete de ropa que la muerta parecía querer proteger, se asomaron los ojos de un recién nacido. Hacía pucheros y sin duda se disponía a arrancar a llorar. Pero lo que más sorprendió al moro es que los ojillos eran verdes, verdes como el trigo verde.

El noble castellano que había salvado la vida del rey de Granada estaba arrodillado al lado del cadáver y sollozaba sin lágrimas. El había sido el único que sabía que el misterioso Zagal era su hija Doña Ana, una chiquilla de apenas 17 años, nacida de una madre muerta, a quien no había sido capaz de impedir aquel capricho de visitar la Alhambra.

Sheherazade había enmudecido y sus manos reposaban sobre su falda. Estaba triste. Mil veces se había contado aquella historia y mil veces había llorado.

Luis echó a andar por el patio desierto donde el único ruido era ya el de los caños de la fuente que seguían viviendo la aventura de aquellos amantes en la eternidad del tiempo.Salieron por una puerta de la Alhambra por la que seguramente el oficial moro pasaría más de una vez, en todo caso cada vez que iba a ver a su amante.

Un poco tristes, los ojos de ella se le plantaron fijamente en los suyos y la cogió en volandas para bajar aquella cuesta que decidió llamar Cuesta de los Amantes.Luis pensó –pensó que se pasaba el día pensando– que Dios es suficientemente misericordioso para dar, cuando ya menos se espera, cuando las esperanzas están todas empeñadas, un cachito de ilusión que permite volver a creer. Cuanto más desesperadas son las situaciones, Dios aprieta, no ahoga, y redime con una nueva dosis de creencia en el futuro. En que, pase lo que pase, se va a volver a empezar como decía aquel amigo suyo llamado Cole Porter. Y que, finalmente, la felicidad no es sólo un producto de consumo inventado por las agencias de publicidad de Madison Avenue para vender más lavadoras a las amas de casa de esos profundísimos Estados Unidos, antes de que George Bush decidiera que su país tenía que ser de una puñetera vez para siempre el capataz del resto del mundo.

En la entrada del hotel recibieron una bocanada de música de otros tiempos, de otro modo de vida. Un ricachón de un pueblo amante y nostálgicos de Glenn Miller y de aquellos tiempos en que una orquesta no se podía meter en un disco compacto había alquilado un salón y un escenario donde una banda entera de músicos le daban a los violines, trompetas, saxofones y otros instrumentos de aire.

Ella le llevó casi a empujones hasta una minúscula pista de baile en la que una señora gruesa vestido de verde eléctrico mareaba a un pobre señor al que hacía dar vueltas como un trompo.

Aunque el bolero que tocaba la orquesta le parecía de los más retro se dijo que, en fin de cuentas, aquella asamblea salida de una foto de años felices era una gozada.

Le volvió la tristeza y se acordó del protagonista de una película que tantas emociones le había hecho sentir en Cannes, “The van”, sobre todo los últimos planos. El protagonista, un obrero que ya ha salido de los cincuenta años y ha entrado en la locura sin fin estar sin trabajo y de saber que nunca jamás volverá a encontrarlo, ha sido pateado, vapuleado y linchado por la vida. Ha pasado muchas y muchas tardes de perros pero quiere mantenerse intacto. No quiere caerse, rodar por el suelo hecho un guiñapo.  La palabra fin va a aparecer en la pantalla cuando el hombre se acerca a la cama donde está acostada su mujer y le dice, con la humildad de quien ve que el mundo se derrumba a su alrededor: “Oye, esta noche necesito cariño”.

La orquesta le había metido trompeta a otro bolero y esta vez ella empezó a musitárselo al oido: “Contigo aprendí… que la semana tiene más de siete días… Contigo aprendí que puede un beso ser más dulce y profundo,

que puedo irme de este mundo

las cosas bellas y contigo las viví,

y contigo aprendí.

que yo nací el día que te conocí”.

Estaban en un rincón de un balcón desde el cual se vislumbrada la Alhambra, todavía perfumada por el cuento que Luis acababa de saborear. Los labios rojos y gordos de la muchacha se precipitaron hacia los suyos, Los dientes blancos y grandes parecían querer comerle la boca. Las manos de uñas apenas rojizas se cruzaron. El deslizó las suyas hacia los pechos y los dientes de ella dejaron escapar algo así como un quejido que retumbó en la noche. Eran pechos pequeños que se animaban bajo las caricias. Le tomó una mano y la guió debajo de la falda que se había arrollado sobre dos muslos satinados. Sintió una pizca de seda. Ella estaba húmeda y abría las piernas.

La muchacha gritó fuerte, como desesperada cuando él la penetró con la misma desesperación. Estaban empalados y ella chillaba como si todo fuese a terminar o a empezar en aquel instante. Como si estuviese naciendo la vida o muriendo la muerte. La sintió encabritarse. Un orgasmo más violento les dejó sin respiración.

Los senos sudorosos estaban duros como las rocas de la Peña de los Enamorados, un lugar perdido del pasado moro donde, cuenta la leyenda, un rey moro se lanzó al vacío llevando estrechada a su amante cristiana. Los muslos bañaban en sudor y algo que también debió sentir la mora de la bella leyenda

Despertaron de aquel sueño en la habitación, iluminada por una claraboya. Una cama inmensa y blanca acogió los dos cuerpos, ya desnudos, Se acariciaron despacio, sin las prisas de los primeros momentos. El descubría cada parcela de un cuerpo que había visto toda su vida sin conocerlo jamás.  Desde las cejas a los labios, su boca la exploró sin prisas. Se hundió en la curva de unas nalgas acogedoras y bondadosas, como las pintaban los pintores holandeses. Después, mucho después, volvieron a besarse. Como si no hubiese pasado nada. Ella sentía en todo su ser algo que él le había dado y que nadie había podido darle hasta entonces.

Unas cuantas palabras sellaron una especie de pacto. Luis volvería para llevársela y empezar con ella una vida nueva.

La primera bocanada de un comienzo de otoño suave como el quejido de  un violocelo, como sabía tenerlos París, sin ningún parentesco con el almanaque, le supo a gloria. Luis se sentía casi otro hombre. Apenas se acordaba del pastillero de laca rota que le acompañaba a todas partes con el último grito de tranquilizante a tiro de boca. Las cartas de la prima llegaban regularmente. El las contestaba descolgando el teléfono.

El quince de septiembre pasó rápidamente por la Redacción, se metió en un bolsillo el correo y le dijo a un taxi que le llevase al aeropuerto de Orly. Dentro de unas horas estaría de nuevo en Málaga. El, que en su vida había sido capaz de programar ni la hora del almuerzo, por el maldito fatalismo de su sangre arabo-judía, tenia ya casi el plano del nuevo piso. Esta vez, en Málaga, ella estaría esperándole y cuando tomase la carretera de Cádiz sabría por una vez en mucho tiempo adonde iba.

Como siempre, había llegado al aeropuerto tres horas antes de la hora anunciada para su vuelo. Estaba casi eufórico, charlaba de cualquier cosa con el jefe de escala de una compañía aérea, viejo amigo, cuando sonó el teléfono que estaba encima de la mesa de despacho. Al colgarlo, su amigo olvidó encender el puro que se había apagado durante la conversación.

«Acaban de comunicarme que un grupo de terroristas ha secuestrado hace media hora a cuatro embajadores árabes en París. Han pedido que se les prepare un avión de  “Irak Airways” que llegó esta mañana.»

Diez minutos más tarde el aeropuerto estaba acordonado por las hombres del Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional (GIGN), los policías que más casos de piratería aérea habían resuelto felizmente en diferentes puntos del mundo.

Luis era el único periodista en la plaza. Los reflejos funcionaron y ya estaba hablando con la Redacción cuando la radio del jefe de escala dejo pasar una voz metálica informando que el convoy de terroristas con sus rehenes, a bordo de dos pequeños autobuses negros, estaba adentrándose en una pista reservada para las emergencias.

En el despacho, la radio de frecuencia de vuelo iba desgranando la aventura. Los terroristas estaban llegando a la escalerilla del aparato pedido.El delegado del Gobierno de París, tras una rápida conversación con el ministro del Interior, acababa de prohibir terminantemente cualquier intervención que pusiese en peligro la vida de los diplomáticos.

Entre las diferentes disposiciones tomadas para facilitar la huída de los terroristas a cambio de salvar las vidas de los representantes diplomáticos, entre los cuales estaban como por casualidad los embajadores de los más poderosos países petroleros, se había acordado que la compañía Shell se encargaría de llevar el keroseno necesario.

Un chofer voluntario estaba poniéndose apresuradamente un mono amarillo. La idea era pura locura pero Luis sabía que si salía bien lo que le estaba trotando por la cabeza, tendría la exclusiva del momento.

Sacó el Canon de su cartera de mano y se dirigió a la salida. Cuando le dijo al responsable de la compañía lo que quería hacer, el hombre se llevó las manos a la cabeza y en tiempo récord profirió las palabrotas más castizas del francés y del español.

Luis sabía ser persuasivo y para algo estaban los amigos…Además, el tiempo pasaba sin que se hubiese presentado ningún voluntario para acompañar al chofer como ayudante.

Nadie comprendió muy bien cómo todo aquello ocurrió, pero poco después, Luis había enfundado un mono y el camión corría hacia la pista, seguido por los visores de los tiradores de élite del GIGN apostados estratégicamente en espera de las órdenes que ya no podían venir más que directamente del ministro del Interior, quien con su inconfundible cara de perro pachón estaba sentado en un rincón de la terminal con un teléfono móvil de alta frecuencia que le permitía realizar consultas vertiginosas a medio mundo.

A lo lejos, en la punta de una pista, se distinguían las siluetas de dos terroristas con fusiles ametralladores.

A medida que se acercaban, Luis iba abriendo la cremallera del mono en busca de la cámara. La colocó cómodamente y sin darse cuenta hurgó en el bolsillo del pantalón. Con el pañuelo sacó las cartas que horas antes había recogido en su mesa del periódico.

Inmediatamente reconoció la apaciguada escritura de una de ellas que había abierto cuando le llegaron las primeras noticias del secuestro.Las siluetas iban agrandándose. Sin casi darse cuenta leyó: “… No quería decírtelo pero antes de que lo nuestro ocurriese yo conocía a un chico con el que estuve saliendo. Ayer estuvo en el pueblo y se va a quedar aquí para siempre. Creo que es mejor así. Lo nuestro no habría podido ser. Tú estás acostumbrado a una vida y yo prefiero otra… Espero que…”

El chofer de la cisterna gritó algo que a él le llegó atenuado por el efecto de lo que acababa de deletrear. Sólo vio que en su uniforme surgían como florecillas rojas y que su cabeza se desplomaba pesadamente sobre el volante.

Todavía no había podido apretar el disparador del Canon cuando sintió un calor espantoso. En medio del ruido del motor loco oía tiros. Se llevó la mano al pecho y la retiró llena de algo que debía ser sangre. No entendía nada… Una llamarada llegó hasta el camión. Ahora, el tiroteo parecía arreciar. Tuvo entonces la sensación angustiosa de que nunca más volvería al pueblo, que nunca más se pasearía entre los olivos.

La carta se había caído al suelo de la cabina. Se dijo que las circunstancias imponían por lo menos llorar o lanzar por la ventanilla alguna frase que quedase para la posteridad y que quizá algún profesor de periodismo la repitiese atribuyéndosel.Toca cerrar filas con la vida, el tiempo pasa, y no quiero dejar para mañana o para pasado, que todavía es peor, estas historias extraordinarias, la del tio Antonio, la de la bella Isabel y la de Manolito, que fuera alcalde de Archidona.

Apenas los llamados nacionales hicieron su triunfal entrada en Archidona, todo era triunfal con el Caudillo, que finalmente podía haber sido un padrino lejano mío, el tío Antonio y su esposa, gente de bien y de querer, caso de copla, fueron achicharrados a tiros por unos moros a los que alguien se los señaló como marcados para morir. Les importó un carajo que nunca hubiesen estado entre los “malos”. O quizá, aunque lo dudo, consideraron al descargar sus fusiles que en el fondo y en la forma todos somos culpables y todos tenemos algo que pagar hoy, mañana y siempre.

La tía Isabel y su novio, Manuel Salcedo, Manolito para todos, tuvieron otra suerte pero vivieron una tragedia que atragantó sus vidas hasta la última cena, de la que ya Judas se había marchado para vender a Jesús.

La bella Isabel era la mujer más espectacular deArchidona. La conocí, como tía mía que era, ya hecha mujer, mujer de bandera. Su cara era la perfección que habría podido conseguir un Frankestein de Hollywood quitándole algunos atributos del rostro de Greta Garbo, mezclándolos con otros de Ingrid Bergman y poniéndole el cuerpo de Gilda. Era Isabel la mujer de la que no tienes más remedio que enamorarte. Malos tiempos corrían en Archidona para jugar a Romeo y Julieta y ella lo comprendió la primera vez que la interrogaron. Porque además de ser el bellezón que un hombre no olvidará nunca jamás si la ha visto aunque sólo haya sido una media vez, aunque sea de lejos y con prismáticos no adaptados, ella pensaba. Y a los militares, nunca les ha gustado que la gente piense. Y no son puñeteros atavismos de la guerra civil española. Echen un vistazo a alguno de los escenarios guerreros de nuestro maravilloso siglo XXI y verán que pensar es morir aunque a veces te dejan morir pensando. Le hicieron la vida imposible pero ella, con el genio de  la Olivia de Havilland furiosa en “Lo que el viento se llevó” o el de una Maureeen O’Hara decidida en “El hombre tranquilo”  creyó que podría con todos.

La bella Isabel desencadenó un torbellino de pasión que se arremolinó alrededor de Manuel Salcedo, alcalde de Archidona. Hasta que el hombre se dio cuenta de que tenía que renunciar a su amor y poner mucha tierra por medio. Hasta Francia, donde al cabo de un tiempo, el tiempo de la renuncia, el tiempo que no queda, se le presentó otra vida. La bella Isabel tuvo que emigrar a Ceuta.

Y pasó el tiempo con la borrachera de las atrocidades de la guerra y las no menos atroces resacas de sangre de la paz y otros ajustes de cuentas.

Un día, en nuestro domicilio de París, donde yo ya vivía con la novia raptada en Algaidas, recibimos la visita de un señor ya envejecido pero que quería vivir como uno quiere vivir cuando sabe que ya se ha acabado la gasolina. Nos dijo que era Manolito.

El antiguo alcalde archidonés pasó una tarde contándonos su larga historia. En Francia, nada más escapar a las balas que le perseguían, había rehecho su vida. Otra mujer, aunque, decía, “yo seguía queriendo a Isabelita. Durante más de un año le escribí todos los días. Cuando al cabo de ese tiempo vi que no me contestaba comprendí que yo ya no formaba parte de su vida”.

Antes, mucho antes, casi al principio de su huída, había intentado casarse con ella por poderes. Justo cuando las fronteras entre España y Francia quedaban cerradas.

Aquella tarde de otoño parisiense, cuando los árboles desnudos te enseñan el verdadero sentido de la vida, a Manolito se le escapó el secreto final, el que acabaría de hundirlo en la nada. Acababa de descubrir que aquellas cartas de todo un año, donde con la paciencia de un monje tibetano enfrentado a las balas chinas, de esas que cuando te ejecutan tiene que pagar tu familia,  renovaba a Isabelita su promesa de amor eterno, nunca llegaron a sus manos. La esposa francesa, o lo que fuese, se había encargado de que nunca vieran el sello del viaje y durante esos 365 días y algunas noches más las tuvo escondidas en una caja de zapatos.

La bella Isabel murió hace poco, en Archidona, como Dios manda. Estaba medio ciega pero la vejez no había podido con su belleza. Todavía enamoraba. Pero estaba sola.Manolito, quizá en el otro cacho de eternidad.Pero ahora déjenme que les cuente el cuento del hombre más importante de mi vida en aquel refugio de Archidona.

Era más bien bajo y cojeaba con una pata tiesa, siempre se la conocí tiesa, de la que él presumía como de su pata de palo.

Éramos primos, es lo que me habían dicho, pero cuando decidió simpatizar con aquel chiquillo que le miraba con ojos llenos de admiración, el estatuto cambió. Antonio Sevilla, domiciliado en una de las casas más embrujadas de la Plaza de la Victoria, inmenso caserón que olía siempre a vino blanco, era un tipo de película.

Tenía el bigotillo y la sonrisa cariñosa de Errol Flynn, y era, por encima de todo, un amigo de los pobres, de todos los pobres del mundo de Archidona, que cuando yo le conocí eran muchos y variados.

Nuestras « oficinas » estaban en el Paseo y las formaban dos sillas de jardín que nos servían para charlar y para que Antonio puediese asentar su pierna enferma, aunque nunca se separaba de su bastón.

Mucha gente no sabía quién era, y quizá lo ignore todavía porque la ignorancia envidiosa tiene más vida que las lagartijas con las que me asustaba en su cortijo, Sarten Rota, un paraíso lleno de silencios y libros.

Era un tío raro mi primo Antonio. Leía y me hacía leer. Me enseñó a montar a caballo aunque renuncie a la equitación el día que el simpático mulo Cadete, un revoltoso pelirrojo, me pisó con toda la nala uva que pueda tener un caballo.

Mientras yo me retorcía de dolor en el empedrado, mientras Antonio se partía de risa –tenía la risa más angelical del mundo y la sonrisa se la hubiese enviadiado el mismísimo Errol Flynn—el puñetero mulo me miraba con los mismos ojos de Zorro la primera vez que acorraló al gordo Sargento García.

En nuestras mañanas del Paseo, bajo una palmera que parecía iba a perecer en veinticuatro minutos de tuberculosis como la que se llevó al otro mundo a la Dama de las Camelias, observé que de vez en cuando se acercaba alguien a Antonio y le musitaba muy bajito y sólo para él. En general era gente mal vestida, casi andrajosa, mujeres muy a menudo que le enseñaban un papel.

Antonio lo leía, echaba mano a la cartera y le daba unos billetes.Con el tiempo supe que era gente del pueblo muy necesitada que gracias a él podían comprar los medicamentos más indispensables.

Antonio, mi primo Antonio, padecía una enfermedad incurable en un riñón.Alguna vez pensé que estaba haciendo por los que se le acercaban lo que la Medicina no conseguía hacer por él.Era el rey del mambo.Se había fabricado una furgoneta universalmente conocida por La rubia que quitaba el sentido.

Cuando salíamos a bordo de aquella guapura vestida con maderas delicadas, faros de cegato y bocina de anuncio del fin del mundo, las puertas del pueblo se abrían. Casi siempre iba yo con él, como fiel escudero porque a menudo se trataba de recorrer otros pueblos para distribuir el oloroso caldo que se criaba en Sartén Rota.

Cuando no había distribución, las primas, las amigas de las primas y alguna que otra mocita se apretujaban en la parte trasera rumbo a un río cerca de Archidona donde se pescaban unos fabulosos cangrejos. Pero, sobre todo, era un lugar de paz. Arboles que a posteriori a mí me parecieron cedros del Líbano, dejaban caer sus ramas para formar un techo entre el cielo y la tierra. Allí no llegaban los ruídos de la carretera. Se oía sobre todo el agua que corría fresquita y las risas de las muchachas.

Fuimos muy felices en aquellos salidas campestres.Y aunque Antonio no bajaba casi nunca la sonrisa de conquistador por donde asomaban dientes pequeños y bien cuidados, supe que además de la enfermedad, le roía otro mal.

Estaba enamorado de una muchacha por la que, estoy seguro, hubiese dado la vida. Pero alguien me dijo que él mismo se negaba a que aquel romance fuese a más debido al mal pronóstico de su enfermedad, sobre la que no se hacía ninguna ilusión.

Se fueron los años y yo crecí. Tanto que me trasladé a Ceuta para estudiar, luego a Tánger y finalmente aterricé en París.

Seguía queriendo mucho al primo Antonio pero ya no nos veíamos.

Yo había entrado en el mundo del periodismo con todo el furor de la juventud.

Pero nos escribíamos, él siempre a máquina, probablemente para que me enterase mejor.

Me casé y nació mi primera hija, Monique.Entonces se lo conté a Antonio y le pedí permiso para que aunque estaba lejos y yo sabía que no podía viajar de ningún modo a París, figurase como padrino de la niña.Me contestó con una de sus cartas a máquina, que he conservado y probablemente extraviado voluntariamente porque cada media línea me traía bocanadas de la tragedia que estaba viviendo mi primo en su maravillosa casa de Archidona.

Familiares me decían que sufría mucho, que los médicos no podían hacer nada por ayudarle a soportar aquel calvario.Bautizamos a Mónica y cuando llegó el momento de que el padrino firmase, el cura, probablemente un borrico franquista enviado a Francia para que pudiese celebrar la misa con los mejores vinos del mundo y de paso darse alguna alegría, se horrorizó.

 « Mire, padre, le voy a contar un secreto, El padrino, Antonio Sevilla Berrocal, hombre de bien y personaje eminente de un pueblo andaluz llamado Archidona, acaba de fallecer. Pero sigue siendo el padrino de la niña ».

El bestiajo estuvo a punto de ahogarse en hipos de una probable angina de pecho.Le di el ultimátum : o el archidonés ilustre era el padrino o la niña no se bautizaba .Supongo que como el gañán era probablemente también avaro, echó sus cuentas y la niña se bautizó con la bendición de un padrino que acababa de morir, según me contaron, en la más perruna de las agonías.

Y ahora estoy llegando al fin de mi andadura por mis recuerdos de Archidona.Espero que este sea mi último alarido de archidonés sin patria. Cada vez que me meto en los recuerdos, cada vez que desentierro un cadáver, es un llanto del alma que ni imaginarse puede el más penoso de los cantantes de fandango.

Sufro, luego soy.

Odio con furor de dragón ridiculizado y vejado por unos chinos que lo pasean muy a su pesar. Echaría llamas por la boca. O espuma incandescente con restos de napalm olvidado por los norteamericanos a orillas del Mekong.

Achicharraría sin piedad, sin el mínimo de misericordia que reclama la gente buena, la que piensa que todos somos buenos, que no hay malos, que el cielo está en la tierra y que los ángeles no se visten de militares, recaudadores sin alma y políticos que unas veces en nombre de Dios y otras en nombre de la Democracia roban como si robar estuviese entre sus funciones.

A la parrilla, como un Sebastián de ocasión, asaría a todos cuantos desde hace año me dejan nadar en el mar de la envidia, en el río de los llantos, en las cataratas de los miedos, restregándome cada vez que la ocasión se pinta en el arco iris que soy un desajustado social, un tipo raro que no tiene ni eso, lo que todo el mundo.

¿Pero cómo puede ser que no lo sepas?

No quieren comprender ni les interesa. Gozan de su superioridad.Tienen un pueblo.Lo siento, en nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, pero hay cosas que me hacen hervir la sangre y sacan a flote instintos de odio que ni creía conocer, quizá la mala  educación adquirida en las mejores escuelas de monjas, la religión que puede convertirnos en odiosos y pecaminosos y la convicción de que de nada sirve madrugar porque nunca amanece más temprano. Siempre amanece demasiado tarde.

De pequeño, cuando era una monería, un carpintero cristiano me fabricó una espada como la que a Robín de los Bosques le permitía deshacer todos los entuertos, hacerle la vida imposible al sherif de Nottingham y llevarse de calle del amor de Lady Marianne.

Mi madre me confiscó muy pronto la espada que debía hacer de mí un héroe de película porque calculó que los otros granujillas del barrio, bestias pardas pero más fuerte que yo, no tardarían más de una semana en quitármela y en probablemente darme una paliza que tal vez influyese en el desarrollo de mi carácter.

Con todo esto, toda mi infancia fui un cobardica de lo más exquisito.

Y fue en el cine –desde mi asiento de gallinero—donde descubrí por primera vez que no tener tierra, patria o perrito que te ladre era una tragedia como para justificar todas las guerras moras, judías y cristianas.

Me partió el alma Juan I de Inglaterra, que terminó a caballo y con su corte pero con el ominoso apodo de Juan sin tierra. Verlo en el cine una y otra vez era lastimoso.

La otra noche me invitaron a un encuentro literario que tenía la particularidad de que los participantes eran autores modestos como yo pero que adoran la cosa escrita.El coche me condujo a un pueblo de la serranía andaluza, cerca de Málaga.

Cuando empezamos a entrar por la única calle de la Estación, antigua apeadero ferroviario de Archidona, se me lleno la cabeza de mil maravillosos recuerdos.Aquello formaba parte del territorio que de niño veneraba. Era la película de mis años primeros, en technicolor, pantalla grande y música de Ennio Morricone.Vivíamos en Ceuta, plaza fuerte de Franco en aquellos años de fin de la Guerra Civil Española, y como suprema recompensa me permitían pasar el verano en Archidona, una especie de reserva familiar que aprendí a conocer.

Y a adorar.Me encontré con la gente más querida, cariñosa y generosa del mundo. No eran sólo las decenas de primos, tíos y el resto de la corte celestial de la familia que en aquellos tiempos malditos de ajustes de cuentas entre los dos bandos que se habían asesinado en la guerra (franquistas y republicanos).Era como si hubiesen dado una consigna. Todo el mundo, hasta la gente menos conocida y a priori menos predispuesta, tenía suficiente cariño como para regalarme a mí todo el que necesitara.Claro, allá por el norte de África, yo vivía en el régimen disciplinario que imponía mi padre, un coronel.Archidona y Algaidas, otro pueblo cercano, eran feudo de mi familia materna y allí no había uniforme que respetar.La otra noche, en La Estación de Archidona, cuando hablábamos de escritura, la nuestra, de libros y del placer y del sacrificio de crear, volví a encontrar aquella desbordante simpatía de cuando tenía diez años de edad.

Y entonces hablé quizá de más.

Me di cuenta de que toda aquella gente tenía algo de lo que yo carecía. Un pueblo, un lugar, yo no.

Un señor muy amable, en lugar de hartarse rápidamente des mis desvaríos, se interesó por mi vida.

Y cuando tuve que decirle mi sitio de nacimiento le conté: “Cuando mi madre iba a dar a luz, el Coronel, su amigo, nunca fue su esposo,  siempre dijo que no podía serlo, la llevó en su coche de Estado Mayor de Ceuta a Tetuán, entonces ciudad dominada por España”.El parto tuvo lugar allí y unas horas después, madre y recién nacido volvían al coche oficial pare regresar a Ceuta. Nacimiento y huída del hijo secreto.Circunstancias más que adversas para que ahora yo fuese contando que mi pueblo es Tetuán. Apenas sé dónde se encuentra y lo conozco por postales.

Cuando ya fui mayorcito y seguía yendo de vacaciones a Archidona decidí que aquel sería mi pueblo.Porque he vivido toda mi vida en Ceuta, Tánger, París, Madrid, Brasilia, La Habana y otros rincones del mundo.Pero en ninguno de esos sitios he encontrado mi pueblo. Mi pueblo es esta Archidona de película, con personajes casi de Frank Capra, donde un alcalde pedáneo, Ramón Barranco Molina, lleva cinco años reuniendo a sus vecinos alrededor de unos cuantos escritores para que hablen de esa cultura tan inútil para los imbéciles como bella para los que aman la razón.

Este curioso político, es, por si fuera poco, domador de caballos.¿En qué lugar del mundo se puede encontrar un hombre que sepa susurrar a los caballos y al mismo tiempo hablar a los escribidores? Y déjenme que les abra mis entretelas a través de estas frases de la exquisita Ana María Matute: “Siempre he escrito para explicarme a los demás. Quizá la causa radique en mi infancia: desde niña me sentí muy alejada de un mundo que no entendía y lo tuve que inventar”.

 

 

Sergio Berrocal (Marruecos, 1939) es periodista desde hace cosa de medio siglo. La mayoría de esos años, cuarenta, los pasó en la Agencia France Presse de París. Tras una larga carrera en la sede de este gigante de la información mundial fue destinado a Madrid como director adjunto (1988-1992) y luego como director en Brasilia (comienzos de 1997 a finales de 1999). También estuvo en muchas oportunidades de enviado especial por Europa y América Latina, con largas y profundas escalas en ciudades como La Habana, Bogotá, Río de Janeiro y un largo etcétera antes de recalar  en Fuengirola.

 

Sergio Berrocal visto por Alfredo Muñoz-Unsain, decano de los corresponsales extranjeros en Cuba hasta su muerte, acaecida hace unos años en La Habana.

Ernest Hemingway y Sergio Berrocal comparten la frontera borrosa entre el periodismo y la literatura, pero Hemingway nunca escribió sobre cine. Las veces que vio películas en la penumbra de un cinematógrafo abominó del llamado Séptimo Arte. Estaban basadas en historias escritas por él y prefirió echarles la culpa a directores como Darryl F. Zanuck.

No comentó que con “Los asesinos”, uno de sus cuentos, otro director cometió la proeza de trasladar a la pantalla una historia escrita mejorándola (una segunda proeza de ese tipo fue “Ambiciones que matan”, con los jóvenes Elizabeth Taylor, Montgomery Clift y Shelley Winters, sobre “An American Tragedy”, de Theodore Dreiser).

Apúntese de paso que el famoso Premio Nobel de Literatura norteamericano nació y murió en Estados Unidos pero entre ambos actos, fortuito el primero y voluntario el último, pasó la mayor parte de su vida en otra parte. La leyenda que envolvió a Hemingway -de macho, de corajudo cazador, de pescador experto, de paradigmático soldado irregular- fue una cortina de humo generada por él mismo para ocultar ante los demás sus dudas internas.

Sergio Berrocal también ha sido transhumante como el gitano que no es, aunque nació en tierras sospechosas del Norte de Africa (pese a lo cual, o por lo cual, ha elegido por sus reaños adoptar la nacionalidad andaluza).

También lo rodean leyendas, aunque todas fabricadas por amigos suyos o, viceversa, por fulanos a quienes les cae gordo. Se dice, por ejemplo, que su madre fue una anarquista catalana o polaca que, enamorada, se ató a las riendas de uno de los jinetes del cacique bereber Abd El Krim. Eso explicaría su rechazo a los notables vinos del Penedés.

De su larga vivencia en París sólo aprendió a seguir usando agua mineral Perrier para atemperar la sangre en sus arterias. Una leyenda derivada de este dato verídico es que cierta vez, en Tokio, Toshiro Mifune evitó que contertulios japoneses le rebanaran los brazos por insistir en derramar Perrier en su vasito de sake (pudo haber sido Akira Kurosawa, según otros que narran el mismo incidente quizá apócrifo).

En La Habana, donde ha estado demasiadas veces para su propio bien, en vez de Perrier sólo se encuentran aguas minerales locales comercializadas por la italiana San Pellegrino.

Eso pudo tensionarlo como para que una vez, durante un corto viaje de tres pisos en el vetusto Hotel Nacional, su favorito, intentara introducirse por la vía angosta en una mulata de llamativo aspecto que operaba el ascensor.En cuanto a su radical diferenciación con Hemingway, es difícil suponer que exista algo más imprescindible para Sergio Berrocal que vivir cine y escribir sobre cine. En él ambas cosas son, podría decirse, una permanente ininterrupta eyaculación.

Esta ficha biográfica del joven SergioBerrocal (que el 24 de setiembre del cuarto año del Tercer Mileniocumplió 65 años) podrá quizá ser leída en el volumen titulado “Cuentos Chinos” que se le ha ocurrido infligir a sus no escarmentados lectores. Pero ésta, y cualquier otra, quedarían incompletas de omitir tres datos y una conclusión fundamentales:

1 – Es profundamente creyente, pero de religión ignorada pues evade definirla con una excusa indestructible: “Cada hombre, dice, hace a Dios a su imagen y semejanza”.

2 – Afirma que lo que le gusta en las mujeres es que tengan ojos azules, pero en verdad lo que le gusta es que los tengan de color verde o azul o colorado o cucaracha o anaranjado o arcoiris o morado o ultravioleta o infrarrojo. Es decir, que tengan ojos, sean zarcos o bizcos o estrábicos o miopes o astigmáticos. Pero a fin de llegar al fondo de la verdad, hay que revelar que lo que le gusta es que sean mujeres serpenteantes y serpentinas. Un vicio que adquirió en Brasilia y con que se reinoculó en La Habana.

3 – Sus bebidas preferidas resultan un oxímoron: leche con café descafeinado (en el desayuno) y para explorar la penumbra astronómica (esto es, desde el atardecer hasta el amanecer) whisky escocés (con Perrier, como ha sido dicho). Sin embargo, se sabe que en diversas coordenadas geográficas cuando llegó el caso ha libado kvass en los Urales, chicha fermentada por las mandíbulas de desdentadas ancianas aymaráes, cachaça en Brasil, pisco en Perú y Chile, tequila y pulque en México, acquavit en Escandinavia, en los vastos territorios asolados por el Socialismo Real vodka descendida del zarismo y samogón (la imaginada por el mujik), slibovitza en los Cárpatos y un menjunje inuit sin nombre producida por la fermentación de orina y grasa de focas u osos boreales. En Cuba, desde luego, ron. Sin arribar jamás a la beodez.

Conclusión, no necesariamente extraíble de todo lo precedente: todo lo que hace Sergio Berrocal es gestado por su amor indiscriminado, un amor de ofrecer la segunda mejilla, de abrir carta de crédito sentimental a los otros, de perdonar las afrentas personales, de indignarse por las injusticias que percibe. El amor en la interpretación de los verídicos cristianos.

 

 

Este es un cuento que nunca me contaron pero que yo me inventé una noche que Archidona me llevó a los jardines de la Alhambra.

La mocita que me lo dijo era una Sherazade morena de pelo largo y ojos llenos de pasión, pasión verde por la pasión, por el amor, por el querer.

 

Es uno de los raros testimonios que nos queda de haber formado parte de la civilización más fabulosa jamás contada. Pero, además, fue una cuna del bien vivir, donde los poetas escribían en las paredes y en las fuentes. En este mundo refinado, con el que un mal día de 1492 se dieron cita unos bárbaros llegados del norte, todo era placer, nada estaba prohibido. Era pecado no ser feliz pese a que también hubiese de vez en cuando alguna que otra reyerta sangrienta, pero siempre entre gente de buena compañía que podía llorar al ver florecer una rosa o quedar traspuesto por el olor del jazmin.

El último de nuestros reyes, escucha, oh afrancesado cateto, fue Boabdil. Cuando esa pareja de facinerosos que eran Isabel y Fernando decidieron acabar con la cultura, tomaron Granada y dieron jaque al rey de la Alhambra. Cuentan que cuando Boabdil tuvo que entregar las llaves de la ciudad a los reyes castellanos, en una ceremonia al aire libre que hoy hubiese transmitido en directo CNN, se partió en llanto desconsolador, sin importarle hacerlo ante todos aquellos que sólo le conocían como un soberano feliz y poderoso. Pero sus lágrimas no caían sobre el poder perdido sino sobre la Alhambra, convertida por los árabes en un zaguán de ese paraíso que Alá promete a los verdaderos fieles.

El Corán lo recuerda constantemente, oh mi francesito perdido: Y en cuanto a los que crean y hacen buenas obras, los haremos entrar en jardines debajo de los cuales fluyen ríos, para permanecer allí eternamente. Para ellos habrá compañeras purificadas y los haremos entrar bajo sombra abundante…

Y ahora, si de veras eres capaz de no interrumpirme con tus sandeces occidentales, voy a contarte un cuenta de amor, un cuento que nunca has podido oír porque nos lo transmitimos de Sheherazade en Sheherazade…”

La guitarra estaba introduciendo unas alegrías que el cantaor estaba a punto de atacar. Luis se volvió hacía ella y beso suavemente las yemas de sus dedos, que le supieron a jazmín y a canela.

Estate quieto y escucha a tu Sheherazade. En esa torre que ves a lo lejos por encima de ese barrio llamado Albayzyn…

Era en tiempos de Mohanmad El Zurdo, rey de Granada y señor de la Alhambra. En una de sus frecuentes correrías, un anochecer se encontró con el filo de un sable toledano con el que un guerrero castellano quería degollarlo. La vida se la debió únicamente al noble que estaba al mando de aquellas tropas.

El noble castellano fue agasajado por aquel moro que siendo rey de Granada había estado a punto de perecer como un gañán. Quiso devolver aquella vida que Alá le había dejado y rogó a su nuevo amigo que le pidiese lo que se le antojara. El soberano granadino estaba convencido de que los favores son de devolver.

Durante toda la batalla, el noble castellano había tenido a su lado, como una sombra protectora, a un zagal quien al escuchar al rey moro se le acercó y le habló al oído.

Cuando terminó de hablar, el noble castellano no pudo ocultar su sorpresa. Lo pensó unos momentos y sonriendo para sus adentros dijo al rey moro: “Uno de mis más fieles compañeros, éste que ves ahí, querría poder vivir un tiempo en la Alhambra para observar vuestras costumbres. Debo de señalarte que pese a su juventud admira vuestras artes y ya se ha iniciado en vuestro hablar”.

Aunque era una demanda de lo más insólita, el rey accedió inmediatamente, con la única condición de que aquella visita no trascendiera y fuese el más guardado de los secretos.

Enfundado en vestimentas de la corte de Granada, el Zagal penetraba horas después en el recinto del palacio, acompañado por uno de los más fieles lugartenientes del soberano.

Al pasar delante de la guardia mora, su cara estaba perfectamente disimulada por un enorme pañuelo que sólo dejaba pasar el fulgor de unos ojos verdes, que se abrieron de admiración cuando su acompañante le llevó a sus aposentos a través de un llamado patio de leones. Era una sucesión de pórticos sobre columnas de mármol. Una fuente sostenida por doce mansos leones tallados en el mármol hacía olvidar el rigor del calor que reinaba en las faldas del monte sobre el que se asentaba la Alhambra.

Callados atravesaron la llamada Sala de Abencerrajes, lugar de festejos. Al dejarle en la puerta de las habitaciones que debían ser su observatorio, y donde sólo tendría como acompañantes a dos guardaespaldas castellanos mudos y obedientes, su guía le explicó socarronamente que en aquellas mismas salas donde él iba a vivir un tiempo había sido decapitado el jefe de la familia de los Abencerrajes por orden del sultán Muhammad IX.

Con una carcajada, y antes de desearle que Alá velase por sus sueños, el oficial moro le espetó como una última broma: “Pero fíjate lo que son las cosas. Años más tarde, la cabeza del sultán rodaba a su vez sobre estos mosaicos que estás pisando…”

El Zagal tuvo un respingo, como si hubiese tenido miedo de manchar sus botas de cuero cordobés con la sangre de todos aquellos moros.

Los aposentos que le habían destinado eran un reflejo del refinamiento de aquel mundo que hasta ese momento él sólo había podido entrever a través de los cuentos de algún cautivo moro y que había sido impuesto por la dinastía nazarí.

Un zócalo de alicatado multicolor, con figuras geométricas que encandilaron los ojos verdes del Zagal, decoraban la pieza principal, situada por encima del patio de leones.

Detrás de una puerta en taracea, se encontró con una confortable alcoba donde dominaban zócalos alicatados igualmente geométricos. Por una ventana le llegaba la paz del patio. Sobre la cabeza de los doce leones que sostenían la taza el agua se derramaba parsimoniosamente.

Todo era paz. De la boca de los leones parados en el tiempo, doce chorros de agua transparente se desgranaban por el patio.

Desde donde estaba, El Zagal observó que la taza de la fuente estaba decorada con caracteres de cuyo sentido le habían instruido sus profesores de árabe. Eran un poema de uno de los tres grandes poetas de la Alhambra, Ibn Zamrak, cuyo significado recordaba perfectamente: “Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas, lágrimas que esconde por miedo a un delator”.

El Zagal volvió a dar un respingo, como si aquellos versos fuesen un mensaje que le estaba esperando. Mientras se retiraba al fondo de la alcoba, bajo una caricia de frescura, recordó también lo que un cautivo moro le había dicho en cierta ocasión. Que para ellos el agua era un don precioso del sultán y que, como él mismo iba a poder comprobar, estaba en todas partes en este palacio de color rojizo.

Transcurrieron muchas prometedoras mañanas, calurosas tardes y frescas noches. En cuanto se ocultaba el sol, el oficial que le había sido designado por el sultán acudía puntualmente para enseñarle con un orgullo mal disimulado los tesoros de la corte.

Una noche le condujo a los baños de las mujeres. Sobre el agua crujiente en  piscinas de mármol repujadas de adornos multicolores flotaba el recuerdo de las bellezas que allí pasaban sus ratos de ocio.

En ese estrado que ves allí al fondo –le contó su cicerone– se sientan los músicos que siempre acompañan con su talento el baño de las mujeres… Pero para evitar indiscreciones, todos son ciegos. A algunos Alá les negó el placer de ver. A los demás se le saltan los ojos antes de permitirles tocar aquí…

La carcajada del oficial hizo estremecer la superficie del agua…

El tiempo fue pasando. En un atardecer de aquel verano, el Zagal contempló una vez más la fuente del poeta y volvió a decirse sus versos, casi musitando y con su árabe infinitamente dulce: Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas, lágrimas que esconde por miedo a un delator.

Apenas había pronunciado la última de aquellas enigmáticas palabras cuando sintió unas manos, suaves como el aire, que le apretaban los hombros.

El Zagal no se azoró. Sabía que el único que podía haber entrado era su inseparable oficial de la guardia real, el único que sabía de su presencia en la fortaleza más bella que jamás imaginó Alá en tierras de al-Andalus.

Días atrás, había tenido que reconocer que le  molestaba la presencia de sus guardaespaldas cristianos y había ordenado que se marcharan. Aunque cuando quería ser sincero se decía que no era la única razón…

El Zagal sintió que los dedos que le aprisionaban le hacían girar suavemente. Los ojos verdes quedaron por primera vez frente a los ojazos negros del oficial moro. Los dedos quemados por el sol retiraron con una suavidad de brisa el pañuelo que siempre había ocultado el rostro del cristiano.

Hubo dos fulgurantes sonrisas felices y los labios del moro se estrellaron con furor en los del cristiano. Antes de que, temblando, cayesen en una alfombra, el oficial dejó escapar esas palabras que los musulmanes no olvidan cuando van a a rezar o a acometer algo importante: En el nombre de Dios el misericordioso y compasivo.

El rumor de lágrimas de agua que caían en la fuente de los leones apenas fue más fuerte que los gritos de gozo contenidos que se sucedieron hasta que el sol empezó a asomarse por las ventanas de la Alhambra.

Los granadinos más madrugadores vieron ya a lo lejos dos caballos que tras haber bajado como un rayo la cuesta de la Alhambra parecían volar hacia la vega.

Los fugitivos sabían que el tiempo lo tenían contado. En cuanto descubriesen la huída, los mejores jinetes moros y los mejores de entre los cristianos no les dejarían respirar. En la relajada Alhambra, nadie iba a rasgarse las vestiduras por aquel idilio. Fuera de preceptos religiosos, los amores entre hombres eran tolerados.

Los cristianos estaban atados todavía al machismo más absoluto y sería raro que lo tomasen con tanta soltura. De todos modos, aquella manera de unir dos religiones que se combatían a muerte no iba a gustar ni en Castilla ni en al-Andalus.

El Zagal y el oficial comprendieron que iban a poder escapar cuando se encontraron al pie de un monte moteado de olivos y de pinos en cuya cumbre se alzaba una fortaleza pegada a una mezquita.

En aquel picacho roto por el viento, los enamorados apenas se percataban de la constante vigilancia a que les tenían sometidos moros y cristianos, aunque nadie pensase en atacar. El oficial, que había hecho allí mismo sus primeras armas en la guardia real, sabía que el refugio era inatacable.

Lejos de la Alhambra volvieron a sucederse los días con la misma ardiente pasión que se habían sucedido en el palacio de las mil y una felicidades.

Los asediadores comprendieron que su paciencia iba a ser recompensada cuando un amanecer vieron dos caballos que se alejaban de la fortaleza. Los dos amantes habían vestido sus más bellas galas y muy juntos sus caballos empezaron a trotar. El paseo fue corto y se terminó allí donde la montaña se terminaba. El oficial moro tomó al Zagal sobre su silla repujada y el caballo dio unos pasos más.

Desde abajo, moros y cristianos soltaron gritos de espanto y de sorpresa al ver que el caballo negro que llevaba a los dos amantes parecía querer volar por debajo de las nubes. Todo ocurrió en un silencio impresionante que ni siquiera los pájaros se atrevían aparentemente a romper.

Cuando a duras penas los soldados cristianos y moros llegaron al fondo del barranco vieron dos cuerpos que al caer habían destrozado unas chumberas. El oficial estaba totalmente machacado. El cuerpo de El Zagal parecía, por el contrario, que de un instante a otro iba a ponerse de pie y salir corriendo.

Un moro que se acercó al segundo quedó electrizado por la sorpresa. El rostro que tenía ante sí era el de una mujer bonita como las que Alá promete a los fieles. Los labios, rojos reventones, parecían incluso esbozar una sonrisa. Las dos manos estaban firmemente atenazadas alrededor de su vientre. Se oyó como un quejido y cuando hurgaron en un paquete de ropa que la muerta parecía querer proteger, se asomaron los ojos de un recién nacido. Hacía pucheros y sin duda se disponía a arrancar a llorar. Pero lo que más sorprendió al moro es que los ojillos eran verdes, verdes como el trigo verde.

El noble castellano que había salvado la vida del rey de Granada estaba arrodillado al lado del cadáver y sollozaba sin lágrimas. El había sido el único que sabía que el misterioso Zagal era su hija Doña Ana, una chiquilla de apenas 17 años, nacida de una madre muerta, a quien no había sido capaz de impedir aquel capricho de visitar la Alhambra.

 

La primera vez que tuve consciencia de que yo también era mortal, fue gracias a un clavo largo y mal encarado que salía de una tabla y se me clavó en un pié.

Cuando sentí el dolor y pensé en todo lo que me habían contado sobre los clavos (tétano, muerte lenta, aunque yo no sabía qué era la muerte lenta) y me eché a llorar más que desconsoladamente.

Estaba en la puerta de mis abuelos, en la calle Carrera de Archidona. Vivían en una casa con muchos vericuetos y mucha cal. A la entrada estaba la magnífica que regentaba el abuelo Antonio Berrocal Argamasilla, que pasaba por ser un artista en la confección de botas y tenía la mejor clientela de la provincia.

Cuando se pasaba el comedorcillo, se entraba en otra habitación y unas escaleras sin ton ni son, con escalones gruesos y rojos, que conducían a las habitaciones de arriba y de allí a las camarillas, donde tenían su feudo mis primas, todas primorosas.

Porque además de ser un cagueta, yo, con mis poquísimos años, era un enamorado de todo los femenino. Algunos primos decían que aquella precocidad me venía de mi padre, entonces el hombre fuerte de la plaza militar de Ceuta que las enamoraba a todas.

Pero el caso es que, aparte llorar, yo no sabía qué hacer con el clavo que me taladraba uno de mis deliciosas alpargatas de desing.

Uno era suficientemente repelente como para no comprarlas en cualquier tienda y mi gente nunca lo hubiese permitido.

Afortunadamente, llegaba Carlos, el novio de una de mis primas, que pasaba por ser un juerguista. Cuando me vió me cogió con la misma energía que si estuviese intentando salvar a un barco a punto de hundirse.

Al verle examinar mi herida ya me sentí más tranquilo y el dolor disminuyó. Yo sabía que Carlos tenía soluciones para todo. Era enamorado, médico por afición y buena persona por la gracia de Dios.

Pero aquel atropello del puñetero clavo era demasiado para mí y, con los ojos cuajados de lágrimas, no pude evitar la pregunta que me parecía esencial:

– Carlos, ¿tú crees que me voy a morir?

Soltó una carcajada, me alzó del suelo, de desembarazó de la tabla y ya dentro de la zapatería terminó su cura, con un líquido que escocía y una enorme venda que me quité media hora después cuando comprendí que con aquello no podría dar un paso.

El pobre Carlos no se clavó nunca un clavo tan avieso como aquel que yo encontré en la calle, pero terminó muriéndose antes que yo.

La última vez que fui a verle en el hospital no me preguntó si yo creía que se iba a morir. Pero sí, se murió aunque no hubiese tenido una herida tan grave como aquella mía de la infancia.

Lanzarte con una bicicleta desde el Paseo por la Calle Carrera era una delicia. Derrapabas entre las amas de casa que no se quitaban a tiempo de en medio en medio de una polvareda que maldecían los pasantes, y cuando se te había acabado la gasolina de los pedales aterrizabas como podías en un torbellino de polvo seco y espeso y siempre acompañado por alguna maldición que se le escapaba sotto voce a alguna de las beatas que iban a la parroquia.

En todo lo alto del Paseo tenía su taller de bicicletas Federico, un tipo de talla media, muy calvo pero atractivo, con un bigote de película en medio de su delgadez.

Era un tipo magnífico. Creo que alguna vez hasta me prestó alguna bicicleta. Pero, por encima de todo, era mi confesor sentimental.

Pese a mi corta edad, yo era bastante enamoradizo. Una vez fue una tal Mari Pepa, cuyos padres tenían una de las tiendas de tejidos más prósperas del pueblo cerca del casino de los señoritos.

Pero antes creo que me había enamorado más locamente que nunca de una de las hijas de un alcalde gordo y simpático, a la que ví bailar un día con traje de gitana en el patio de su casa.

Aquello fue el flechazo y ni siquiera Federico podía convencerme de mi locura, de que tenía muchísimos años más que yo. Pero como para entonces yo todavía no era un cinéfilo que descubriría como adaptar las películas a mis sentimientos, no supe como reaccionar.

También le pedí consejo en aquella delicada circunstancia a mi primo Antonio, bigote chulo y pata siempre estirada con el que me reunía todas las mañanas bajo una palmera del Paseo.

Pero opinaba igual que Federico. Estaba visto que aunque todo el mundo en Archidona, y especialmente las muchachas que yo pretendían, sabía de sobra cómo me había tenido que enfrentar a la muerte del clavo, aunque eran conscientes de aquella agonía mía al borde del precipicio de la nada, aquello no servía para que te amasen.

Luego fui enamorándome de mis primas, que siempre estaban más a tiro.

Pero la maldita edad volvió a jugarme otra mala pasada. Unas ya tenían novio, curiosamente eran siempre las más guapas, las que a mí más me gustaban, y a las otras les encantaba revolcarse conmigo en las camas de las camarillas.

Yo sentía en aquellos juegos que algo se movía alocadamente en mi pecho y que otra parte de mi ser experimentaba como un deseo de perder la posición que ocupaba normalmente salvo en los servicios urinarios.

Muchos años después, cuando la edad pedía que mis primas y yo nos tratásemos únicamente con los dos besos protocolarios, comprendí muchas cosas.

Y muchos años después, ya de vuelta de algún que otro amor, comprendí que nunca comprendería nada.

El caso es que finalmente, hace ya un montón de años, me casé con una prima hermana. Pero no era ninguna de las que jugaban conmigo en la buhardilla. Y de algunas de ellas seguí enamoraducho muchos años.

Y un día supe en París que aquel Federico maravilloso de las bicicletas se había metido a monje a raíz de un espantoso desengaño sentimental.

Y como era hombre de resoluciones duras y decisivas no eligió ningún convento de contemplación sino la orden de los monjes enterradores.

Me contaron también mucho después de que yo dejase el polvo de la calle Carrera por el pavimento de los Campos Elíseos, que habían encontrado a Federico enterrando en un cementerio de no recuerdo qué parte de España. Y que tenía una sonrisa muy feliz debajo de su eterno bigote.

He tenido una vida de película pero no sé cómo llegar al FIN.

 

El Coronel siempre combatió por sus ideales, que no eran los de una parte de sus compatriotas.

Los testimonios más fiables le describen como un oficial valiente, al límite del heroísmo.

En la guerra de Marruecos, escenificada en las agrestes montañas del Rif en los años veinte y uno de los más sangrientos conflictos en el que intervinieron tropas españolas, el Coronel, que entonces era Capitán, “capitán veneno” le llamaban sus enemigos, tuvo una conducta que los militares ellos mismos calificaron de ejemplar.

Estuvo al mando de muchas cosas, de mucha gente y terminó su vida ejerciendo primero de cónsul en un país africano, por no se sabe qué artilugio jurídico-militar-razón de estado, y terminó su carrera como jefe de los servicios secretos de Franco.

Entre mando de hombres, de ideas e imagino que hasta de pensamientos, se tomó un tiempo para enamorarse y ser padre por tercera vez.

Cuando yo nací por su empeño –a mis ocho años desapareció de mi vida para siempre jamás– estaba asentado en el norte de Marruecos, casi allí mismo donde había combatido años atrás pero ahora como jefe militar de una zona que en los años inmediatos a la guerra civil española (1936-1939) representaba intereses estratégicos internacionales del máximo interés.

Adolf Hitler ya se estaba paseando por Europa, arrasando con todo y con todos. El estrecho de Gibraltar y la zona norte de África eran dos puntos que el Fuhrer tenía en su bigote, esperando la ocasión.

En aquel pedazo de España al otro lado del Mediterráneo, el Coronel era el amo, al que nadie podía toser.

Nunca hablé con él, ni él conmigo. Y eso que formábamos parte de la misma película.

Con años suficientes convencí a mi niñera para que me llevase al cine. Y con mi primera película entré en el mundo que yo había sospechado pero que no conocía.

Podías ser aquel indio indómito que daba la vida por los suyos.

O aquel cuatrero pendenciero y enamoradizo.

Con el tiempo de los años que corren empecé a ir a gallinero sin que nadie lo supiera y desde allí arriba vi mis primeras películas de gangsters.

Existía, indudablemente un mundo que me embelesaba, el de los héroes del Oeste que lo daban todo por algo bueno, la amistad, el amor desinteresado y, sobre todo, la justicia.

Errol Flynn metido a Robín de los Bosques me hizo adquirir de la noche a la mañana una conciencia social de la que hasta entonces no había tenido ni idea.

Cuando andaba metido en la pantalla blanca que mágicamente me trasladaba a tantos mundos, me olvidaba del Coronel, aquel padre que me había renegado, al que le rodeaba una serie de personajes que le saludaban respetuosamente y que en la visión del niño no hacían más que mover los labios, sin que de ellos saliera el menor sonido

Un suboficial le abrió la puerta de un suntuoso auto norteamericano negro que el niño no había visto nunca y al que la gente miraba con el respeto que suele tenerse por las propiedades de los más poderosos.

Al chiquillo también le miraban con respeto. El Coronel le sonrió fugazmente y le empujó hacia el interior del auto, cuyo guardabarros derecho lucía un vistoso banderín.

El hombre saludaba mientras el auto tomaba velocidad.

Un padre que nunca iba a buscarle al colegio sino que le veía, como ahora, en un pueblo andaluz, casi a escondidas. No recordaba haberlo visto nunca en un lugar realmente público.

Hubiese sido comprometido saber que el todopoderoso Coronel tenía un hijo fuera el matrimonio. Franco, decían, no se andaba con chiquitas.

Sé que nunca le preguntaba nada y él apenas me dirigía la palabra cuando estábamos juntos en la calle o en casa. Pero las raras miradas que dejaba caer sobre mí me procuraban una sensación de bienestar. Los mayores me dirían que eso era parte de la felicidad.

Quizá me acuerdo de esos detalles porque esas cosas se necesitan.

Cuando preguntaba por él, mi madre, la criada o su asistente bajaban la voz para decir que estaba “en misión”.

De todo aquello lo único que yo alcanzaba a ver era su silueta uniformada cuando el coche venía a buscarle a casa.

De puntillas en el balcón alcanzaba a apercibirle cuando otros dos militares –sus guardaespaldas según sabría muchos años más tarde– le rodeaban para subir al auto, que siempre salía de estampida, lo que aumentaba mi curiosidad y hundía a mi padre en profundas leyendas que yo me tejía día a día, como si quisiera rellenar todas las casillas que estaban vacías en nuestras relaciones.

Mis películas se confundían con esta realidad mía.

A veces yo surgía detrás del culo negro de la criada.

El Coronel se quitaba el guante de la mano derecha con unos movimientos tan lentos como los pistoleros de Sergio Leone, lo ponía en la mano enguantada izquierda y me cogía suavemente la barbilla, como si quisiera verme mejor.

Y a veces también decía algo que yo, con el pánico que me invadía cada vez que estaba en su presencia, apenas entendía.

Cuando él estaba en casa, la hora de comer era un suplicio para mí. Aparecía el asistente, que hacía las veces de mayordomo y confidente, y ya sabíamos que podíamos sentarnos.

Antes de que la criada fuese al fondo de la casa en busca de la sopa que invariablemente se servía en una sopera que parecía de plata, el asistente ponía el oído derecho a la altura de los labios de mi padre.

El bigote del suboficial no se inmutaba en el rápido y callado monólogo que seguía. Eran segundos que a mí se me antojaban eternidades.

El miedo de lo que él hubiese podido decirle al asistente me concerniera me dejaba paralizado, incapaz de hincar la pesada cuchara en la superficie y de llevármela a la boca, todo ello sin hacer el menor ruido. Nadie hablaba. A veces había un cuchicheo entre mis padres pero normalmente se almorzaba o se cenaba con el mismo rigor que se comulgaba.

Cuando alguna vez los ojos verdes grises del Coronel se volvían hacia mis pocos años (espigado en la silla aunque los pies no me llegasen al suelo, las manos en posición a igual distancia de los cubiertos) parecía como si hubiese llegado mi última hora. A un “¿No comes?” yo conseguía replicar un casi ahogado “Sí, señor”. Aunque la mayoría de las veces se me atascaba algo en la garganta, el paladar se secaba y la boca quedaba cerrada a cal y canto. En ese momento, lo más probable es que los ojos se me llenasen de lágrimas hasta que, silenciosamente según los ritos de la comida, alguna que otra se deslizaba suavemente por mis mejillas. Cuando la cascada empezaba a funcionar y como si hubiese existido una relación de causa a efecto, la lengua volvía a ponerse en movimiento y la garganta permitía que saliesen algunos sonidos. No recuerdo haber  tuteado nunca a mi padre.

El cine, lo juro por Jesucito, me permitió sortear la infancia y la adolescencia sin mayores traumas.

Lo malo es que ahora, cada día quedan menos héroes a los que agarrarse en las pantallas. De vez en cuando John Wayne me llega a casa por la televisión.

Y cuando veo que en un momento tengo que echar mano de Errol Flynn me saco un dvd.

Algo es algo. Cada cual lidia con el ganado que puede.

Una lectora y amiga, que además es una deliciosa escritora, A. María Rodríguez –les recomiendo su libro “El alma de las cosas” como un regalo que pueden hacer ustedes mismos a su propia paz interior—le ha hecho gracia que llamara Coronel al autor de mis días.

Le llamo Coronel porque, en verdad, me cuesta llamar padre a un hombre que no me quiso como hijo.

 

Mi abuela materna, Cristina Sánchez González, era uno de los personajes más conocidos y populares de Archidona.

Vestía siempre de negro, quizá por la Guerra Civil que la tiñó de la sangre de un hijo, y encima de su bata negra como la muerte solía llevar un delantal con grandes bolsillos.

Pasó casi toda su vida sacando niños del vientre de las archidonesas.

Cuando yo la conocí ya estaba retirada de la profesión de comadrona y pasaba una parte importante del día en un patio de suelo irregular debajo de un árbol sin ramas.

Cuando me dijeron a que había dedicado toda su vida hasta pocos meses antes a traer niños al mundo pregunté si yo también había venido en sus manos. Una tía mía, viuda de vestido y pendientes, me dijo que no.

Y me contó que yo había nacido en Tetuán, una ciudad bajo protectorado español del norte de Marruecos cerca de Ceuta, nuestro lugar de residencia. Cuando pregunté tontamente por qué, la tía se azoró.

Y siguió diciéndome, como para no tener que contestarme, que cuando mi madre, que entonces ya era profesora de partos, nueva apelación de comadrona, por la Universidad de Granada, se puso para parir, mi padre, el Coronel, decidió que alumbraría en Tetuán.

Y en cuanto que yo saqué la cabeza del vientre, vuelta a Ceuta como si no hubiese pasado nada.

Me dio mucho coraje saber que me habían nacido en un pueblo del que yo no tenía ni idea y que nunca volvería a ver.

Y de nuevo pregunté que por qué la abuela no me había traído también a mi al mundo, lo mismo que había hecho con tantos y tantos niños de Archidona.

Obtuve el mismo silencio.

En mi cabecita yo me decía que en lugar de pertenecer a ese pueblo desconocido llamado Tetuán  me hubiera gustado más, infinitamente más, haber nacido en esta vieja casa de la Calle Carrera, como algunos de mis primos y primas.

Para cuando aquella conversación con mi tía María yo ya había comprendido que mi paraíso, el que todos los niños buscan, no estaba en Ceuta sino en Archidona, donde sólo iba los veranos. Allí tenía amigos, primos para reventar y todo el mundo me conocía y me apreciaba.

Con mis pocos años ya sentía que todo el mundo, salvo algún malaje al que le hubiese ganado a las bolas, me quería. Muchos años después, como los veinte que tardó Alejandro Dumas en darse cuenta de que sus personajes habían crecido y tenían que jubilarse en busca de la vejez, supe que todos en el pueblo sabían que yo era hijo bastardo, vaya, que mi padre, el Coronel, no se había casado con mi madre ni me había reconocido como hijo.

Pena, penilla, pena.

Pero a mí entonces me importaba un bledo.

Lo único que me trastornaba era que el pueblo era donde yo quería vivir. En cierto modo, entre Archidona y Algaidas estaba mi mundo, el único que yo aceptaba y del que cada verano, cuando se terminaba los calores, me sacaban casi a rastras llorando.

Hasta que la edad me metió en la realidad, no me cabía la menor duda de que allí estaba mi vida y que el hecho de tener que ir al colegio y vivir en Ceuta era circunstancial.

Pensaba sin saberlo que algún día volvería a mi tierra.

Ahora, cuando ya no corro por la calle Carrera, me doy cuenta de que si la infancia no se hubiese terminado y si Archidona se hubiese parado en el tiempo para siempre, yo habría conservado mi paraíso.

Pero esa era mi película, una de las muchas que me ayudaban a vivir, y las películas tienen sólo un tiempo. Luego se van las imágenes y aparece la luz cruda.

Unos días antes del fin de las vacaciones de aquel  año, alguna mala lengua me dijo que mi padre había sido llamado por Franco a Madrid y que ya no volvería a verle.

Dicen que cuando me vieron en el barco de regreso a Ceuta, el “Paloma” creo, estaba muy triste. No lo recuerdo. Ya tiene uno bastante con los malos recuerdos del presente como para echarse encima los antiguos.

Eran tiempos en que nadie hablaba de nacionalismos ni de nacionalidades. Eras de un pueblo y punto.

Pero sin necesidad de tener conciencia de diferencias entre un país u otro, entre una región u otra, existía un orgullo de ser de tal o cual lugar. No ser de ningún sitio era un poco extravagante. Casi apátrida. Qué triste.

 

Autor entrada: onmagazzine