Érase una vez un tomate chino

Por Sergio Berrocal

No soy politólogo y menos aún “tomatólogo” pero me ha sorprendido la coincidencia: unos cuantos días después de la instalación en la Casa Blanca del nuevo Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a seis mil y y pico de kilómetros de Washington el precio del tomate vuela más alto que el avión presidencial.

Tampoco tengo la menor idea de si todo esto, Trump, el tomate, es consecuencia de ese efecto mariposa, ya saben, según el cual el movimiento de las alas de uno de esos graciosos bichitos puede provocar una catástrofe en otro lugar del mundo.

No creo en las mariposas como ángeles exterminadores como tampoco en la casualidad, pero pasa algo raro.

Lo que está claro es que el señor tendero chino de mi barrio, que me vendía los tomates más mediocres, a los que antes de comerlos había que despellejarlos para no dejarse un diente en la aventura, a un precio relativamente asequible, los vende ahora 97 por ciento más caros que hace una semana. Y ni siquiera son de la noble casa de Raf. Ni se me ocurre preguntar el precio que tiene este caviar de la huerta.

Hace un tiempo, sin que Trump, el pobre, anduviese por medio, los deliciosos rabanillos pequeños y sabrosísimos desaparecieron del mercado de mi playa andaluza. Sólo se encontraban en las fruterías, y en mi tendero chino, obesos rábanos sin gracia y con poco gusto en su mayoría.

Aunque yo no entiendo más que de juntar palabras, me parece un poco raro que el mal tiempo haya sido tan perverso como para dejar a toda Europa sin el preciado tomate, o al menos sin suficientes para que los precios no parezcan salidos de una subasta en la Bolsa.

Lo increíble es que en esta región del mundo donde uno vive, a orillas de África con el Mediterráneo como muro a la mexicana, se producen más tomates que paneles solares para la NASA.

En esta soledad del amanecer de playa del fin del mundo –siempre vas a parar a un fin del mundo aunque sea lejos del mar– me pregunto si a Natalie Portman le gustarán los tomates.

Hace un pilón de años, en La Habana, un amigo periodista que ejercía entonces de corresponsal allí, nos invitó a almorzar en su bonita casa del barrio Playa.

Llegamos soñando con el halcón enorme lleno de suculentas langostas que el muchacho, al que luego expulsarían de Cuba, porque eran tiempos en que las cosas eran así, almacenaba como otros tienen bacalao.

Al entrar en el comedor –menos mal que ya teníamos en el cuerpo unos cuantos rones enfriados con cachos de hielo— una especie de artístico altar adornado con tomates ocupaba el centro de la mesa.

La esposa del amigo, francesa ella, se apresuró a explicar, con una bellísima sonrisa que me recordó los tiempos en que yo creía que Mona Lisa era el nombre de mi portera en la rue Rodier de París: “Os sorprenderá que queramos obsequiaros con tomate, pero es que habían desaparecido hacía tres meses y ayer Claude (su marido, el de las langostas) consiguió que un campesino le vendiese unos cuantos kilos. ¡A precio de oro, mes enfants, a precio de oro!”

Eran tiempos muy difíciles en Cuba donde si querías comprar algo en una diplotienda (reservada a diplomáticos y periodistas extranjeros) tenías que rascarte tus buenos dólares.

¡Qué amargos me supieron aquel día los tomates que hoy añoro y casi lloro!

El caso es que aunque Donald Trump anda haciendo de las suyas, no me ha llegado la noticia de que hubiese extendido el vergonzoso embargo a que todavía está sometida Cuba hasta estas playas del sur de Europa.

Cierto que en los tiempos que corren es difícil extrañarse de algo.

Anoche leí en el diario francés Le Figaro una extraña historia.

Una redactora, que sin duda es guapa, explicaba que, pese a lo que se rumorea por ahí, el frondoso y rubio-zanahoria pelo que exhibe orgulloso el Presidente de los Estados Unidos es suyo, realmente suyo, que no se trata de ninguna peluca como afirman algunos de sus muchos amiguitos que van por ahí vociferando cosas feas.

Vamos, que el tupé que tanto asusta no se debe a ningún maestro pelambrero ni siquiera a un injerto de esos que tanto se llevan.

El secreto de su pelo, dice Le Figaro, lo ha desvelado el mismísimo médico personal del presidente, el honorable doctor Harold N. Bornstein al diario The New York Times.

Por lo visto, el Presidente Trump toma o ha tomado medicamentos que en principio eran para la próstata pero que se revelaron excelentes para el crecimiento del pelo.

El caso, insiste el artículo, es que Trump evitó la calvicie y su próstata está tan magnífica como bella y lejana estaba Liv Ullman en “Gritos y susurros”, obra maestra del cine de todos los tiempos, rodada por Igmar Bergman en los felices años setenta y que vuelve a estar en cartelera en París.

El precio del tomate es para mí un indicativo de paz. Y no se lo tomen a broma. Mientras en cada casa pueda haber una suculenta ensalada de tomate en la mesa, habrá esperanzas.

Y cuando el precio del tomate recobre la cordura, las Cancillerías del mundo recobrarán a su vez la calma y Washington volverá a ser la ciudad de todos los poderes aunque no tenga a mano el símbolo de la estatua de la libertad.

A menos que Trump se anime a pedirle a Francia que vuelva a regalarle otra, aunque sea más pequeñita, algo así como la que ilumina las aguas del Sena de París.

 

Autor entrada: onmagazzine