El timido periodista y la sensible estrella

Por Sergio Berrocal
Si ese público, no sé porque se le califica de gran público, que se muere por ver un actor de cineaunque sea con telescopio, conociera las bambalinas del trabajo de los periodistas que gravitan a su alrededor y que inevitablemente se convierten en sus publicitarios, la gente dejaría del cine y procuraría enterarse de esas historias que raramente salen a la luz. El Festival de Cannes, que frecuente algunos años, es el escenario de la historia que voy a contarles. Una historia por supuesto apócrifa o por lo menos perdida en un tiempo tan profunda que a mí ya me lo parece así. Patrice era uno de esos periodistas de película de Hollywood: ojos azules, un metro noventa, ni un gramo de grasa bajo sus impecables trajes de alpaca, tenía una crita de ángel que llevaba regularmente a lo más bonito del universo femenino al séptimo cielo. Y la verdad es que el muchacho no giraba en ese mundillo del Séptimo Arte donde la belleza y las ocasiones para un macho cabrío están que ni pintados. Patrice era el tipo más tranquilo del mundo. Afable, buen compañero y gran juerguista, sólo tenía un problema en su vida, una esposa rica y elegante pero con la particularidad de que de anfitriona modelo que el Todo París se disputaba se convertía en tigresa en cuanto veía a una mujer más cerca de la cuenta de su marido. Era escultora, pero se le reconocía poco talento aunque nadie dudaba de su ferocidad a la hora de descargar su ira sobre una presunta rival. Ella misma contaba, con una sonrisa angelical, cómo había estado a punto de arrancarle las cejas a una muchacha que le había rondado a Patrice más de lo que ella estimaba prudente. Periodista en un semanario parisiense, Patrice se ocupaba de la rúbrica de Defensa Nacional, es decir que se pasaba el día con la cabeza y la mente metida en temas arduos y aburridos a más no poder. Duró esta situación hasta que a su esposa, que tenía una influencia más que enorme en los círculos de poder, consideró que ese trabajo no le daba grandes ocasiones de lucir los modelitos que solía comprar en las exclusivas tiendas de una avenida que daba a los Campos Elíseos de París. Entonces se le ocurrió que su Patrice, con su palmito y la compostura vestimentaria que su fortuna personal le permitían comprarle regularmente, luciría como una lámpara de las Mil y una Noches en ese mundo de lentejuelas que es en cierto modo el del cine. Es verdad que en aquella época los smokings bien cortados se apretujaban en los estrenos y en los cócteles de cualquier cosa, mientras ahora reina más bien la moda cutre. Nada más dejar la Defensa por el cine apareció al horizonte el eminente Festival de Cine de Cannes, que en aquellos tiempos tenía más glamour que nunca y donde era casi tan importante el vestuario de los asistentes que se apresuraban a confeccionar lo más granado de los modistas de la capital como las películas que se proyectaban.Nuestro Patrice fue movilizado manu minitari para formar parte del equipo el semanario en las delicias festivaleras. Y sin darle tiempo siquiera a comprarse una enciclopedia del cine lo desembarcaron en el aeropuerto de Niza, punto aéreo obligado para desembarcar en Cannes, pueblucho de antiguos pescadores en el sur de Francia que hoy no vive más que del turismo engendrado por el cine y sobre todo por las fiestas festivaleras. Hasta entonces, nuestro hombre había considerado que el cine estaba bien para verlo en la televisión cuando no había fútbol y no tenía realmente la idea de quién podía ser quien. Se le podía hablar de Woody Allen sin que a él se le viniese a la mente que era un director de cine judío y neoyorquino. Aunque si hubiese conocido sencillamente su nombre ya hubiese sido un milagro. El Festival de aquel año empezó cuando en París se había vivido uno de los más rastreros y violentos escándalos extracinematográficos. Una estrella francesa, de origen polaco, por la que cualquier hombre con dos dedos de frente hubiese vendido su alma al diablo y a Dios al mismo tiempo, había roto estrepitosamente con su novio, un realizador un tanto majareta también llegado de lo que entonces era la Europa comunista, durante el rodaje de una película en la que el hombre la dirigía. Mientras esos avatares ocurrían en un hotelito lujoso de la avenida de Passy, Patrice tenía la cabeza metida en los últimos misiles nucleares que los militares ponían a punto para asegurar a la Humanidad un futuro mejor o por lo menos más corto. En estas condiciones, él no se enteró de aquellas menudencias escandalosas-cinematográficas. En cannes, sus compañeros de Redacción, que sabían de su ignorancia supina, recibieron el soplo que la polaca acudía muy temprano, cuando el festival despedía la borrachera de la noche anterior, la playita de un hotel para darse un baño y olvidar sus avatares amorosos. El jefe de la delegación del semanario al que pertenecía el ex encargado de Defensa encargó a Patrice que fuese raudo y veloz a esa playa para entrevistar a la actriz, sin decirle una sola palabra del verdadero motivo. “Llévate un magnetófono y pregúntale que tal le fue en la película que acaba de rodar en París”. La clave de todo el lío estaba precisamente en ese filme que había desencadenado la crisis entre la actriz y su Pigmalión. Una hora después las emisoras de radio no hablaban de otra cosa: un periodista no identificado había provocado una crisis de nervios a la actriz polaca en medio de una playa desierta hasta que varias docenas de paparazzi y cámaras de televisión todearon sin ninguna piedad a la muchacha, cuyas lágrimas rodaban por su maravilloso cuerpo bronceado para detenerse en la frontera de un bikini vertiginoso. Todos querían captar sus deslumbrantes ojos verdes descargando lágrimas probablemente contendidas durante semanas. Patrice no sabía dónde meterse. Quería acercarse a la muchacha e intentar consolarla peros sus compañeros de la radio y la TV se lo impedían, haciéndole preguntas tan apropiadas como: “¿Por qué le ha pegado usted? ¿Qué le ha hecho? De los bañistas que empezaban a arremolinarse alrededor de la casi asfixiada actriz, uno gordo con camisa sucia apoyado por una tiparraca en bikini juraban con grandes gritos que “le iban a arrancar” las partes más nobles y sensibles que todo hombre suele tener. Cuando de pronto un jeep de la Gendarmería, con las sirenas a toda pastilla se metió en la playa abriendo paso a una ambulancia. La actriz de ojos verdes seguía tirada en la arena y parecía a punto de quedar envuelta por la marabunta cuando un socorrista le limpió la cara y le aplicó una mascarilla de oxígeno mientras otro le ponía un gota a gota.Cuando Patrice regresó a la Redacción, situada como todas en los sótanos del Palacio de Festivales, parecía un zombi. Los teléfonos no paraban de llamar desde todas las radios de Francia. Había incluso dos emisoras italianas y una española. Todas querían declaraciones del protagonista y con una brizna de sadismo más de un presentador pedía “sonido ambiente” del desmayo de la estrella. — No entiendo qué ha podido pasar. Yo sólo le he preguntado…Una vez que se hubo recuperado un poco llamó a Interflora para que mandaran un gigantesco ramo de rosas a la actriz, que había sido internada en una clínica víctima de una crisis nerviosa.Entre las risas que ninguno podíamos contener y menos disimular, el jefe del equipo remató la faena: – Bueno, ponte a escribir tu crónica. La están esperando en París. Y luego atiende a las radios. Es que esto de ser tan popular… Son cosillas de este oficio nuestro en un mundo tan delirante como el del cine. La historia tiene de todos modos un final muy moral. El realizador esteuropeo causante indirecto de la crisis voló rápidamente hasta Cannes en helicóptero para jurar eterno amor a la actriz. Y antes de que terminara el Festival –la publicidad nunc está de más—pudimos asistir en una capilla que conservaba trazas de pintores célebres a una boda con traje blanco y chaquet. En cuanto a nuestro compañero, que además de ser un hombre muy sensible era periodista de talento, terminó dirigiendo la rúbrica cinematográfica del semanario.

Autor entrada: onmagazzine