Yacaré Mickey Rourke

Por Sergio Berrocal

Los yacarés no lloran como dice la leyenda hacen sus primos del Nilo para atraer a sus víctimas. Los yacarés, cocodrilos de la Amazonia, siempre están callado y atentos, con los ojos que nunca cierran y que nada pierden de vista.

Me he acordado de uno de ellos, parecía joven, que una noche en el Pantanal, milagro de la naturaleza en la selva más profunda de Brasil, no me quitó los ojos de encima mientras en un hotel flotante jugábamos con el miedo.

Un forzudo boliviano se divertía nadando en el agua con una inmensa anaconda que luego, a la hora de la cena, solía lanzar encima de la mesa donde los comensales de varias lenguas prorrumpían en gritos de terror. Era un juego porque en Brasil, el paraíso que nadie conoce, todo el mundo sabe, desde los coroneles, el diez por ciento de la población que acapara todas las riquezas, hasta los más pobres, los que acaparan todas las desgracias, que la vida es una patochada y que hay que reír.

Aquella noche, mientras mi hijo daba lecciones a los rudos personajes de la selva de cómo se pescaban pirañas, esos adorables pececitos que se comen una vaca en comandita y en menos de lo que se tarda en decirlo, el yacaré siguió mirándome casi con enamoramiento.

La otra noche, a doce mil kilómetros del Pantanal, volví a verlos frente a mí. No eran los ojos del cocodrilo que Dios sabe cómo remontó el tiempo y los ríos desde el Nilo hasta el Amazonas para fundar una familia y tratar de ser feliz en la aldea global que no respeta ni el derecho de morir.

En realidad eran los ojos de un luchador enorme, casi monstruoso, que en la pantalla del televisor lucía una peluca blanca de travesti perdido. Tardé en reconocerle porque yo le había visto siempre vestido de galán.

Mickey Rourke, que tan guapo fue a su manera, trataba de hacerle mengues a la mala suerte aceptando cualquier trabajo. Ahora estaba vendiendo detrás del mostrador de una gigantesca carnicería donde se olía la pobreza de esa gente de Estados Unidos que no pertenece al mundo de los ganadores, probablemente los que votaron por Donald Trump.

Estabas desconocido, Michael Rourke, en esa película, “El luchador” (Darren Aronofski, 2008), donde te ganabas la vida repartiendo bofetadas más o menos pactadas en un ring rodeado por cientos de gente ansiosa de ver sangre, sudor y más lágrimas.

Tú eras un viejo luchador, con edad suficiente para jubilarte si en Estados Unidos no hubieseis tenido que elegir como Presidente a un hombre republicano con mucha pinta de estar en un ring de lucha libre y que promete todo lo que quiera a gente como tú en un gigantesco vale todo.

Te retratas cuando alguien que te conoce, que sabe que te han tenido que abrir el pecho como el de un guarro para repararte el corazón como han podido y la técnica lo ha permitido. Cuando ese alguien, tal vez un medio amigo, porque los amigos de verdad no se llevan mucho, te advierte que te vas a matar si sigues queriendo demostrar cuando ya no puedes, porque siempre llega un momento en que hay que reconocer que el baile se acabó, que no estás ni para un bolero agarradito para no caerte, vamos que eres un pedazo de algo con carne y huesos y arriba del todo un cerebro que ya apenas entiende nada. Que tienes que quedarte quieto en un rincón, sin demasiados tropezones. Pero para morirse hay que tener una seguridad social, un plan de pensiones y algo que llevarse a la boca tres veces por día.

Y tú lo único que puedes agarrar cuando te sobra un dólar es un buen vaso repleto de güisqui, aunque sea del más perruno, aunque te lo sirvan por caridad de Dios.

Ya no estás para esos trotes, Luchador, pero tú te empeñas en sobrevivir, en demostrar que sigues vivo, que no te has muerto de pie y entonces gritas desde tu rincón del cuadrilátero cuando alguien te advierte que te estás jugando lo único que te queda, la puñetera vida: “El único sitio donde me hacen daño es ahí afuera (en la puta calle, la calle donde nadie te quiere)”.

Y sigues dando mandobles. Y cuando ya están a punto de llegar los títulos de crédito te subes en lo alto de las cuerdas para efectuar tu salto del ángel, quizá tu salto mortal, tu último salto hacia la eternidad. Pero habrás luchado y eso es lo que cuenta.

Ahora ya tiene más de sesenta años pero fuiste tan bello en otros tiempos, cuando abrazabas con la delicia de la desesperación a Faye Dunaway, esa mujer, esa actriz a la que ningún adjetivo conviene porque fue eso, la mujer, la pasión con traje de noche, con melena de vampiresa de cuando amar era también sonreír por mucho que le costara a Laurent Bacall.

Juntos, tú y Faye Dunaway, formásteis una pareja maldita en “Barfly” (Barbert Schoreder,1987), donde se contaba la historia de Charles Bukowski, poeta, escritor y macho bravío.

Bukowski fue el hombre que más amó a las mujeres en toda la literatura norteamericana moderna. Ernesto Hemingway era a su lado un cursi con buenos modales de Oak Park, donde por cierto se pegó un tiro su padre, justo como él haría muchos años después.

Porque tanto Bukowski como Hemingway eran también luchadores, de esa lucha libre a la que te obliga la vida, donde las reglas las imponen los poderosos que no quieren escrúpulos ni árbitros para que les saque tarjeta roja.

Pero el mundo, recesión, crisis obligan, está cada vez más lleno de luchadores que ya ni se disfrazan ni suben al ring. Su cuadrilátero es cualquier sitio donde le permitan ganarse el pan nuestro de cada día. O por lo menos el de la semana.

 

Autor entrada: onmagazzine