Y el cine pudo cambiar el mundo

Por Sergio Berrocal

“Volver a ver “Memorias del subdesarrollo” es sumergirse en un instante de fervor, cuando pensábamos que el cine podía cambiar el mundo”.Este epitafio sentido y probablemente muy pensado lo suscribe alguien que vive muy lejos de la realidad cubana que el cineasta Tomás Gutiérrez Alea describía en “Memorias del subdesarrollo”, película maestra de 1968, cuando la Revolución cubana llevaba poco años de rodaje. Ese alguien es un cronista francés del semanario “Le Nouvel Observateur”, François Forestier.

Han pasado 48 años desde entonces, desde que la película despertara mentes y reflexiones de más mentes a través del mundo que entonces bullía de ideas, en las que la Revolución iniciada a ocho mil kilómetros de París por Fidel Castro y sus seguidores tenía mucha prestancia.

Desde entonces los años se han ido acumulando. Barak Obama, presidente de los Estados Unidos por un ratito más, ha estado en La Habana, aunque también Chanel y sus coros de belleza a través de la moda y del talento. Cuánto han cambiado las cosas, se podría cantar, aunque también podría sacarse uno de la manga al Carlos Gardel de veinte años no son nada y feliz la mirada.

Claro que el cine puede cambiar una vida, millones de vidas. Basta con acudir a la moviola, hoy moderno ordenador, para darle marcha atrás a “Memorias del subdesarrollo” y escuchar frases en blanco y negro que parten el alma o alegran los coloretes:

“Muy cómodo eso de ser comunista y millonario en París:

“Nostalgia de ella que se fue. Nostalgia del pasado inmediato”.

En esta nouvelle cuisine del cine mundial, en la que se estrenaba el cubano, también sonaban otras frases como:

“Aquí las mujeres te miran a los ojos, como si se dejaran tocar con la mirada”.

“Antes la llamaban el París del Caribe (a La Habana). Ahora más bien parece una Tegucigalpa del Caribe”.

“Siempre trato de vivir como un europeo. Esta isla es una trampa. Somos demasiado pobres. Una dignidad muy cara”.

“Todo el talento del cubano se agota en adaptarse al momento”.

Podría pensarse en el refinado François Truffaut o en el revolucionario millonario, como ese comunista millonario del cuento, Jean-Luc Godard.

No, el personaje de “Memorias del subdesarrollo”, por preciosista que parezca su discurso, con el yoyo del mayor ego argentino que se pueda, no pertenece a la nouvelle vague francesa, ni siquiera tiene esas frases cuando corre delante de los policías de negro sobre los pavés de París en mayo de 1968.

También entonces se creyó que podría trastocarse el mundo. Y todo siguió igual. O tal vez se intentó cambiar para que nada se moviese de un ápice.

Quienes vimos y escuchamos aquel grito de sensatez revolucionaria por primera vez –en Europa se había acabado hacía tiempo la Revolución con mayúscula, la madre de las Revoluciones, la de 1789, que si no echó abajo la prisión-símbolo, muy siniestra dicen que fue, la de la Bastilla porque quizá ya estuviera destinada a ser un parador de lujo, pudo con la monarquía burguesa que hincaba los pies en el suelo para que nada se moviese. Y para que todos pudiesen por fin patalear su hambre, su subdesarrollo, su dolor de lo perdido o de lo que perderían y gritasen en paz y sin guillotina, cuando se terminase la guillotina, cuando la guillotina dejase de cumplir su siniestro oficio.

Porque se necesitaron muchas guillotinas, invento totalmente francés, sin licencia norteamericana ni siquiera de la Gran Bretaña, y ríos de sangre más caudalosos que todos los que recorren Francia como venas en todos los sentidos.

Hubo que jugarse y perder el tipo para que al final de la película quedase en pie la idea de que la libertad es necesaria, indispensable y si no queda otro remedio, matar por ella.

Cuando hablamos de estas teorías del desarrollo pasado por el tamiz del subdesarrollo, de la justicia colada por el filtro de la injusticia, Francia vuelve a tener que luchar para que se respete la lealtad de la democracia, la libertad.

Fuerzas del mar, infames de un apocalipsis con chador de negro mirar, enemigos de la libertad que no sea la que ellos autorizan, la libertad de los sepulcros, del degüelle de inocentes, del fusilamiento de gente libre que va a cantar la Marsellesa, el magno himno a todas las libertades del mundo, la que dio luz a las tinieblas del resto de Europa y luego de América.

Y hay que volver a luchar para que no vuelvan más torres gemelas, más trenes dinamitados, más salvajes fusilamientos a la Kalachnikov en las calles de París, el eterno de todos, y acabe por fin la sinrazón de la violencia ciega.

Algo de eso y probablemente algo más está contenido en “Memorias del subdesarrollo”, que finalmente no pudo cambiar el mundo porque el mundo obedece a intereses mayores, contantes y sonantes y donde no llegan con sus intereses creados de bolsas amaestradas meten la violencia infinita de la sinrazón. Es como si volviésemos al subdesarrollo de nuevo. Y entonces habría que hacer, que pintar, que filmar otras memorias, que contasen lo que fue el subdesarrollo después del capitalismo y antes del nuevo subdesarrollo de mentes y actitudes.

No, la película de Tomás Gutiérrez Alea no pudo cambiar el mundo. Pero nos permitió creer que estábamos a punto de hacerlo. Que quizá con un empujoncito más, con un fraseo de nuestras vidas más en tono de un Vivaldi loco por las estaciones que cambian, son tan desiguales y finalmente cantan en nuestras vidas y en nuestros corazones.

Más tarde, creo que fue en 1991, la pericia, el talento y pensamiento de ese personaje montó “Fresa y chocolate” que sí que cambió una parcela de mundo.

Aquella noche de diciembre en La Habana, con o sin apagones, a expensas de un buchito de café en Copelia, en la más humilde choza o en una suite acolchada de lujo marcial del Nacional, se pudo cantar La Marsellesa.

Y cambió el mundo para mucha gente y, sobre todo, para las mentalidades perversas que no querían dar libertad, un cachito de libertad, a quienes la necesitaban como una hogaza de pan por Navidad.

Autor entrada: onmagazzine