Así calló pablo escobar

Por Sergio Berrocal

El viejo periodista esperaba que le recibiera el médico. Luego, cuando saliera del túnel, fuera, en la calle, le esperaba su primo hermano bastardo, flor de la nobleza diplomática más baja que solía estar en todos los secretos y mejunjes de Estado. Le había prometido un  “scoop”, esa noticia que no se produce más que una vez en la vida. El viejo periodista trató de mostrarse optimista mientras el jefe de radiología le recitaba los resultados de su último examen pulmonar. Al cabo de los años se habían hecho medio amigos y le dijo la verdad: “Esto está fatal. Te has fumado toda la Tabacalera y te has bebido varios almacenes de güisqui. Te queda poco. Más o menos lo que tardarías en volver a fumarte diez cartones de rubio y  beberte un par de cajas de 12 botellas de güisqui, 24 días, redondeemos a un mes”.

Don Romualdo As no se asustó. Era todo lo que quería. Saber de qué tiempo disponía.

En este sótano verdoso la angustia no tiene color ni voz. La oyes susurrar pero el que más y que menos fuerza una sonrisita o se pasea con un cartapacio vacío bajo el brazo en espera de que le llegue el turno del análisis. El miedo te ensimisma, te corroe y te encoge. Es como aquella isla de El Prisionero. Faltan los malditos globos que actuaban como feroces perros guardianes. Guapas, feos, regulares. No hay diferencia. Todos somos iguales antes la luz roja detrás de cuyo parpadeo un señor con sueño y con tanto cabreo como tú puedas tener va a decirte si puedes pensar en seguir amando. O si ya es tiempo de resignación. Aparece una señora alegre y pizpireta con un ramillete de cupones de lotería. ¿Pretenderá repartir la fortuna del último aliento o está rifando la vida? Piensas en los campos de concentración, los nazis, los soviéticos, los del Gran Kan, Guantánamo. 

 Ellos lo pasan peor y no tienen luz roja para redimirlos. La enfermera te sonríe, bendita sea. Tiene las uñas de fiesta y aunque todavía está en prácticas sabe consolar. Te preguntas si le quedarán ánimos para llenarse del hombre de turno en el orgasmo por fin conseguido cuando salga el mensajero oculto tras la puerta azul con ojo de cíclope rojo, o tal vez ojo rojo de cíclope. En la sala de espera, los más letrados se refugian tras los titulares de un diario gratuito que habla de las habituales catástrofes, pero de vez en cuando no pueden evitar mirar de soslayo la puerta azul profundo que advierte “Zona vigilada”. Largas piernas enfundadas en vaqueros, boquitas de angelillo de Murillo, ojos tomados por el rimmel, largas melenas de pelo cuidadosamente alisado. Batas blancas con largas piernas de fiesta campestre de Renoir te sonríen.
 En la calle hace sol de La Habana. Huele a chirimoya. Un jardinero arrastra una carretilla maldiciendo su asquerosa vida. Un recién salido del pasillo maldice también su sino pero sin carretilla. Cuando se pone el semáforo en rojo se miran y  se sonríen. Atraviesan la calle. El jardinero aparca su carretilla verde y el enfermo tira su carpeta. Con las manos cogidas se van en busca de la sombra de un café. Han decidido casarse. La enfermera de las piernas largas con medias blancas está sentada en una diminuta mesa delante de un café humeante. Se pasa una mano por las largas piernas y espera. Siente que le sube desde el fondo del estómago. Se lleva la taza a la boca pero apenas puede reprimir el grito. Deja que el café la penetre. Muerde la taza y lame el azúcar que ha quedado en el fondo. Aprieta las piernas y espera que pase el espasmo. Sonríe ahora de nuevo cuando la radio grita una publicidad idiota: “¡Ven a mi cama!”. No puede contener la risa mientras atraviesa la calle porque acaba de acordarse de una escena mítica del cine, cuando Meg Ryan finge en una cafetería tener un orgasmo para demostrar a su acompañante, Billy Cristal, que las mujeres engañan cuando quieren. (“Cuando Harry encontró a Sally”, Bob Reiner, 1989). “¡Yo no finjo nada –dice casi en voz en grito— Lo mío es natural!.
 En la calle ya bañada en sol, el primo de As le esperaba en un bar. “Mira, ese que está sentado ahí”. Lo miró pero en el momento no le reconoció. Volvió a mirarlo y empezó a ver aquellos pelos cardados según extraña  moda de antaño hoy desaparecida y se le encendieron todas las lucecitas cuando empezó a hablar con esa voz que parecía descargas de Uzi. Era uno de los doce hombres más ricos del mundo según el semanario “Forbes”. Mientras tomaban café y el primo y el desconocido charlaban de una edición de montaje bastante complicado, As comprendió que aquel era Pablo Escobar, el Napoleón de la droga. Pero, pero, ¡si había muerto hacía ya años!.. Los medicamentos que se entrechocaban en su mente no le dejaban demasiado tiempo para pensar.
 El primo diplomático chanchullero intervino cuando le vio tan angustiado: “Estoy preparando una biografía de lujo de Don Pablo Escobar, que contrariamente a lo que todos creyeron no murió el 2 de diciembre de 1993 en un barrio de Medellín, después de haber conseguido con sus artimañas y asesinatos ser representante a la Cámara para el Congreso de la República de Antioquía en 1982. Pero él ya se veía investido de la suprema faja de Presidente de la República de Colombia.Y yo le he pedido, a cambio de ayudarle en esta aventura editorial, que él quiera sea ejemplar, que te de su última entrevista”.Los dos hombres seguían hablando en medio de maquetas suntuosas que ocupaban dos mesas del café,As pensaba, pensaba en la medida en que la condena de la sala de máquinas podía permitirle pensar. La última vez que había visto a Pablo Escobar había sido días atrás en una serie de la televisión colombiana, Es una producción espantosamente eficaz. El actor que le encarna, Andrés Parra, de 35 años, te hace vivir y morir ese siniestro personaje a través la historia contada como “Pablo Escobar, el patrón del mal”.
 Al viejo periodista le había impactado, como se decía ahora, la interpretación que resucitaba a Pablo Escobar fuera de todos los mitos y de todos los redichos. Era una película que había que haber visto para no morir de sobredosis de estupidez. El mejor antídoto contra el veneno de la droga y del exceso de ambición.

Cuando se volvió hacia la mesa del maldito primo, éste y su ilustre huésped habían desaparecido. La enfermera de las piernas largas, que alguna vez le había consolado en sus traqueteos por el sótano verdoso, se acercaba con una sonrisa que te hacía olvidar que la vida se estaba acabando a ritmo de calada. Hablaron sin palabras y se marcharon juntos hacia el aeropuerto rumbo a París, un capricho de la muchacha. Sabía que aquella resurrección de Pablo Escobar no era más que el efecto de los poderosos fármacos que le impedían ahogarse. Sacó un cigarrillo, después de leer en el paquete “El tabaco mata” y calculó  que cuando llegaran al aeropuerto Charles de Gaulle todavía le quedarían doce paquetes de tabaco de vida. Toda una eternidad.

Autor entrada: onmagazzine