La pluma del fin de trayecto

Por Sergio Berrocal

La amistad, la falta de amistad irreconciliable, amor desamor, vida, muerte, honor, deshonor y por qué morir en el Sudán cuando era tierra de infieles y los fieles las tropas inglesas siempre tan limpitas y tan hacendosas. Y uno que no quiso morir en esa guerra absurda se va al Sudán sin uniforme y sin honores, solo para entregar las cuatro plumas de la cobardía que supuestos amigos le mandaron porque había preferido vivir y no morir como un imbécil.

Es la historia de la vida, de todas las vidas, de lo que cuentan los periódicos, de lo que ocurre a nuestro alrededor. Vida o muerte, venceremos. “Las cuatro plumas”, película fuera de serie que quizá no ha tenido todos los merecimientos que debería haber recogido. Una versión en 1939 (Zoltan Korda) y otra en 2002 (Shekkar Kapur)

Sentido de la honradez marchita por culpa de una mujer con faldas largas e ideas victorianas que te ha juzgado por la valentía que tenías que tener y no por el miedo que siente ante las cimitarras de los infieles por muy bonito uniforme que te hayan puesto.

Te gustaría que esa novia altiva y orgullosa, que solo toma te, que no se levanta las faldas así como así, que esa novia fuese tuya en la catedral de Buckingham, con la reina como madrina. Y que ella, la novia, resultase tan voluptuosa como las dunas tostadas del desierto donde vas a combatir sin honor ni dietas por tu puñetero orgullo. Podía haber sido en Vietnam, en Afganistán, en Libia o en Irak, qué más da. Pero con el heroísmo por bandera porque en esa Inglaterra en la que tú vives en el siglo de antes, en el de los Imperios, era así. Y lucharás para que te reconozcan con la misma prestancia que todos los otros que llevan el uniforme de guerrera roja y casco blanco con pañuelo gris, gris como la mediocridad. Todo por el Imperio por el que todavía se combate, guerrea y muere bajo la bandera de Estados Unidos y otros países que acompañan de puro relleno, para hacer bulto porque ya se sabe quiénes son los héroes.

Exaltas el valor espoleado por el inconmensurable orgullo de pertenecer a una casta, a un círculo diferente, un club de poetas vivos en el que al terminar la película, siempre hay una película en nuestras vidas, lo que vivimos no es más que cine, serán tanto los muertos que no quedarán poetas en el mundo para cantar sus gestas si es que las cumplieron.

Así se enfrentaron a tribus aguerridas en el lejano Afganistan para ayudar a Estados Unidos a expulsar a los invasores venidos de la Unión soviética, país que quería reemplazar el dominio de los norteamericanos en un país que era más de los guerreros salvajes que de los soldados con uniformes impecables y raciones higiénicamente preparadas por nutricionistas. Aquellas tribus eran las de los talibanes, que al acabar la lucha contra los rusos se volvieron como fieras contra Estados Unidos y contra todos sus aliados. De guerreros tradicionales, tribales, se convirtieron en guerrilleros y hasta en terroristas en nombre de Alá el misericordioso. Despertar a un tigre es peligroso.

Porque ya la vida corriente, la de la pastilla a las cuatro en punto ya es bastante difícil.

Ya no guerreas en Sudán pero vives igual en alerta, entre señales de alarma, despertadores y teléfonos móviles que tienen que sonar, avisarte, a horas fija dos veces por día, cuando toca la píldora milagrosa que asegura la vida. No te la olvides, que entonces ni Sergio Leone podría salvarte.

Vives a expensas de los caprichos de las baterías made in China que de pronto se vuelven locas y no te avisan de que se está acabando el plazo para renovar el permiso de vivir. Y te corroes mirando la hora, adulando la hora, Te tienes que aferrar a las cifras del cuadrante para tranquilizarte y ver pasar el tiempo que te queda. Luego ya será tarde. Quizá demasiado. Y entonces no podrías devolver las plumas blancas que te mandaron aquellos curiosos amiguitos tuyos que no querían más que verte muerto para quedarse con la milady que tú querías meter en tu cama. La muerte de las casacas rojas ha acabado con la deuda de honor y tú puedes dormir acongojado entre las sábanas de la dama, que de emoción perdió la virginidad.

Serás un hombre, hijo mío, cuando te convenzas de que de nada sirve ser el vencedor de la pelea que sea. La muerte es el final reservado al destinatario de la pluma blanca como al que la envía. Te lo enseñó aquel tranviario cuando le dijiste que ibas hasta el final de la línea saliendo de la Alfama de Lisboa y cuando el tranvía de madera barnizada llegó a un punto de su recorrido iluminado por los últimos rayos del sol te gritó en gutural portugués: “Hemos llegado. Fin de trayecto”. Era un lindo y placentero cementerio.

No era el tranvía de Tennesee Williams. Todos vencidos. Todos perdedores. Pero antes habrás tenido tiempo de entregar la última de las cuatro plumas blancas que te enviaron para decirte que eras un miserable cobarde, que no merecías ni las sábanas vírgenes de tu virgen novia. Y al final de la película, toda vida es una película que nadie ve rodar, te preguntarás: “¿Todo este calvario por una puñetera pluma blanca de no sé qué asquerosa paloma?”.Así es la vida, compañero. Por una pluma y por una dama. Y una guerrera roja como la sangre del desierto.

 

Autor entrada: onmagazzine