emmanuelle riva, mon amour

Por Sergio Berrocal

Las últimas fotos de su penúltima película, “Amor”, son las de una mujer aterida por los años, más de ochenta, ella que fue una de las mujeres más exquisitamente bellas del cine mundial, la de otro amor, prohibido y machacado por bombas atómicas, el de “Hiroshima mon amour·.

Se ha ido, como se va poco a poco todo lo bueno, dando paso a la pachanga de las atrocidades absurdas, del mercantilismo cinematográfico, del cine hortera que se rellena constantemente de premios. Hoy para ti, pero ya sabes, compadre, que mañana tienes que darme uno para mí.

Emmanuelle Riva, que ha fallecido a los 89 año, presumía entonces de unos bellísimos treinta años de edad cuando Alain Resnais la convirtió en la protagonista de aquel poema escrito por Marguerite Duras “Hiroshima mon amour”, una de las películas más  intelectuales de una época en la que el cine, además de contar cosas de todos los días, con la pasión de la inteligencia, era capaz de llegar a las cumbres borrascosas de esta historia de pasión cerebral entre una francesita y un japonés, amor prohibido.

Cuando se rodó la película, hacía catorce años, más o menos, que los norteamericanos, por decisión del Presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, probaban sus bombas atómicas sobre dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki.

En Hiroshima, todavía sacudida por la tragedia desencadenada el seis de agosto de 1945 por una mente enfermiza y apocalíptica, donde la gente todavía seguía muriéndose por las radiaciones atómicas, aparece ella, Emmanuelle Riva, encarnación de la mujer francesa a punto de la madurez del amor. Y surge esa pasión devoradora entre dos visitas al museo de los horrores de Hiroshima.

Una película que dejó a muchos sin aliento con el cuento de una pasión en la que ella, la amante, la mujer elegante y casada y culpable de aquel adulterio con un japonés, no pronuncia casi nunca, o nunca, que uno ya no sabe, la palabra placer o gozo, cuando en pleno orgasmo se dirigía con agradecimiento a su amante.

Faltaba la falsa emoción fingida, atroz y sin frenos a la que hoy estamos acostumbrado en cualquier película, donde ya no se hace el amor sino que se folla, donde se enseña todo porque falta talento para sugerir algo. Donde los gritos histéricos o en todo caso los alaridos de cualquier mala telenovela cinematográfica son reemplazados por voces que retienen la pasión de los sentimientos.

“Hiroshima, mon amour” no es precisamente una película erótica-pornográfica a la moda y gusto de un hoy atrevidamente chabacano. Verla hoy puede causar un choque. Pero qué más da. La última imagen de Ella, de Emmanuelle Riva, que me queda en esta mañana de invierno mediterráneo es la de una mujer risueña, agradable y de una belleza muy exquisita que estaba haciendo las maletas cuando fui a entrevistarla en su piso de París.

Partía para otro rodaje, otro filme, después del inmenso éxito de aquel amor en Hiroshima. Hablamos un buen rato, desgraciadamente con los límites que impone cualquier entrevista, que elimina de entrada toda naturalidad, toda espontaneidad.

Era en el París de esos años 1960 en los que recuerdo una y otra vez porque agarrarse a ese pasado que algunos modernos psicólogos dicen que hay que dejar atrás es una forma de vivir. Por lo menos para los que alguna vez estuvieron vivos. Porque se vive aferrado al presente solo cuando todo lo demás ha sido puro aburrimiento. Y cuando ya no te queda ni Ulises para guiarte hasta la socorrida Penélope.

Y cuando el galán de “Hiroshima, amor mío”, Eiji Okada, dice a Emmanuelle Riva con una voz ronca pero acento de la escuela de idiomas Berlitz: “No has visto nada de Hiroshima, nada”, te quedas sobrecogido por la intensidad de una intelectualidad que a veces sonaba tan falso como los alaridos de las películas pornográficas que ponían entonces a diario en un cine muy concurrido cercano a la estación del Norte de París.

No les voy a contar que adoro “Hiroshima, amor mío”. Era demasiado joven cuando se estrenó y se llenó de premios. Y hoy el tiempo ha pasado sobre la película como pasa sobre todo, arrasando y falseando.

De ese filme lo que más quedó fue ella, la parisiense, que no era de París, Emmanuelle, nada que ver con la otra, ya saben.

En aquellos años del París más auténtico, cuando los clochards (mendigos para los demás) eran una excepción cultural que tenían sus tertulias bajo esos puentes de París que luego fotografió una inmensidad de autores, entre ellos Woody Allen, con ese amor que siente por la ciudad que sigue siendo la más bella del mundo pese a los bárbaros de las entrañas flojas de religión.

Emmanuelle Riva era entonces la parisiense ya un poquito “madura” (treinta años, así las veíamos los más jovencitos), la que te atraía como un imán de cualquier verano del 42 o del 68, que todos fueron buenos para amar.

Era el tipo de mujer que no te encontrabas, o raramente, en el Metro, porque entonces este ferrocarril subterráneo arrastraba vagones reservados a la primera clase, que solo unos pocos podían pagar. Allí se concentraban las mujeres de los barrios elegantes a las que les había fallado el chófer.

Emmanuelle Riva, que esperamos que a estas horas esté en el paraíso que tanto se mereció, sencillamente por habernos hecho soñar, era el ejemplo de mujer parisiense que olía a Chanel y se vestía en Dior, Inabordable. Tanto como los sueños que todos teníamos.

Y que algunos alcanzaron.

Autor entrada: onmagazzine