Trump bailaba, Claude François triunfaba

Por Sergio Berrocal

Una mañana temprano, todo lo temprano que puede ser una mañana, cuando todavía no ha pasado el lechero y cuando recuerdas que ya no hay lechero que te sonría ni vaca que te de la leche que ni siquiera bebes, escuchas en la radio una canción en lituano y te parece ver a Claude François, muerto de amor.

En el cine, que no en la canción en lituano que tanto te gusta, el lechero llamaba dos veces pero Jessica Lange se marchó de vacaciones a Honolulú con escala en Pointe à Pitre y el hombre no volvió. Dicen que, desesperado, la desesperación que no perdona, se metió a monje sepulturero en un convento del Ampurdán.

Entonces, muy a tu pesar, y antes incluso de que pueda certificártelo tu médico de cabecera, que lleva dos años esperando un riñón, siempre dos veces, caes en la cuenta de que el mundo es de los suertudos y tú estás lejos de serlo.

Y te vuelves a acordar de Claude François, el que fuera el cantante más célebre de Francia cuando tú querías ser solo conocido. Y se murió de amor

Tú no, tú eras solamente el hombre ideal para pequeñas ambiciones femeninas que satisfacías sin darte cuenta de que nunca serías nada más. Llegaste a ser tan desgraciado que el médico ni siquiera te recetaba aquel Prozac que tomaba hasta el portero de tu edificio. Tu médico, que siempre olía a ajo, llegó a la conclusión de que no merecías ni el Prozac y te aconsejó embucharte de manzanilla sin azúcar.

Esta podía haber sido la historia de Claude François, el cantante francés que en los años setenta del siglo XX metió fuego a Francia con emoción al por mayor en letras que el rubiales feo componía y cantaba rodeado de una corte de bellas mujeres. Era mágico, Desde los niños a los abuelos coreaban sus canciones, saludaban con sonrisas de alegría sus muchísimas apariciones de televisión.

Ya sé, ya sé, que no van a creerme, Pero lo repito. París era para nosotros, los desembarcados en los años sesenta y que ya éramos ciudadanos con un acento suficiente bueno como para comer huevos (aquel oeuf que siempre nos fue tan impronunciable) una comedia musical. Déjense de “Un americano en París” o “West Side Story”. La televisión presentaba espectáculos de variedades de alto voltaje, de calidad exquisita y Claude François cantaba sus penas. Y la gente, nosotros, los coreábamos porque en ello iba la alegría lacrimógena, más barata que un crème con croissant au beurre.

Tiempos de ídolos vivos, con los mismos problemas esenciales que teníamos los que comprábamos sus discos, porque entonces no había computadora que valga para “bajar” las canciones gratis.

El acto de comprar un disco era una misa, toda una ceremonia porque costaban caros y nosotros estábamos bastante dejados de la mano del dios del dinero.

Una mañana, otra mañana, en lo alto de los Campos Elíseos, donde yo esperaba a Petula Clark para entrevistarla, oí por primera vez aquella canción que me persiguió y que miles de años después tiene en el nuevo Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, un admirador, aunque él no lo sepa.

Porque cuando los otros días él y su esposa iniciaron el baile de los vencedores en la Casa Blanca, de la que acababan de tomar posesión por cuatro años, Claude François, el nuestro, estaba allí quejándose, pero esta vez en inglés y a través de Frank Sinatra que cantaba la adaptación de su canción-grito (“Comme d’habitude”) con el título de “My Way” y con otra letra. Fue su gran triunfo.

Que uno recuerde, nunca “Comme d’habitude” había sonado en ningún baile del Palacio Presidencial del Elíseo, en París, su ciudad.

Pero en los Campos Elíseos, la letra que salía por el altavoz de aquel pub era la de “Comme d’habitude”, canción que tuvo en Francia menos gloria y más pena pero que rápidamente se apropió Paul Anka con el título de “My way”, cambiando la letra con la que Sinatra les dijo a los Trump que su vida estaba llena de altibajos y que él actuaba como siempre, a su manera.

Nadie podía saber en la suntuosa sala de la Casa Blanca que Claude François la había compuesto, misma música y letra totalmente distinta, porque su esposa ya no le amaba. Ella era una de las coristas que le acompañaban en sus alegres presentaciones en los escenarios, que formaban para de Francia como el camembert y el vino tinto.

Aquella belleza aceptó que Claude François fuese su marido y salió del coro lleno de luz, alegría y dientes blancos que te invitaban a amar la esperanza.

Luego, muy luego, Claude François murió, creo que electrocutado en su cuarto de baño. Digo creo porque en el mundo del espectáculo y en el del periodismo que lo cuenta las cosas no son siempre como deberían de haber sido. Y porque las leyendas emborronan siempre la realidad.

Mientras vuelven a venderse los discos de Claude François y la gente entiende por qué su música pudo emocionar hasta a un hombre como Trump, el cantante reaparece por la magia de la técnica más sofisticada en un teatro de París.

Ustedes se preguntarán por qué les hablo de Claude François en esta mañana de lluvia aburrida. Bueno, se me ocurre que ha tenido el mérito de que viésemos a Trump, de quien mucho dependen nuestras haciendas, en un momento de dulzura, bailando con una bella dama, la suya, lástima, y no firmando decretos para echar a los inmigrantes mexicanos y otras lindezas.

Los buenos veterinarios afirman que la música amansa a las fieras. ¿No les parece que esos instantes de felicidad bajo el tupé merecen mil palabras, que siempre valen más que una absurda foto?

Bailen, salten con Claude François, diviértanse con su música feliz, aunque él fuera probablemente uno de los hombres más desdichados. Puede que hasta conozcan un instante de felicidad. Aunque dure solo eso. Un suspiro.

Autor entrada: onmagazzine