El general patton, héroe de donald trump

Por Sergio Berrocal

La foto del general George S. Pattont abierto de piernas, en la cabeza un casco de acero y en la mano derecha una fusta de fina piel, un ser casi invulnerable, un vengador cualquiera, siempre me inspiró algo más que respeto. Es más, me dio miedo. Y eso que yo ya era mayor cuando le descubrí en aquella célebre película, “Patton”, que en 1970 rodó Franklinn J. Schaffner, con un guionista de marca, Francis Ford Coppola.

El delirante actor George C. Scott encarnaba al militar que en la II Guerra Mundial (1939-1945), a la que los norteamericanos llegaron con dos años de retraso, cosas de la política, venció al mariscal alemán Erwinn Rommel, el llamado zorro del desierto, y luego paseó a sus tropas por toda Europa hasta la victoria final y cinematográfica.

La fusta y la arrogancia en el rostro debajo de una gorra de mando las había padecido yo de niño, cuando allá en el norte de África tuve o casi tuve a un padre coronel del ejército español, el de Francisco Franco, Caudillo por la gracia de Dios, que ejerció muy poco tiempo su función paterna conmigo.

Patton, un tipo duro de roer, una especie de tío mío si las fechas hubiesen coincidido. Porque antes de la II Guerra Mundial, los militares españoles habían combatido en la cruenta guerra civil de España. Ya mucho antes, el coronel, entonces simple capitán, había tenido que demostrar su valía en la guerra del Rif, en las montañas del norte de  África, donde, me dijo un día un compañero suyo, había que ser muy macho para sobrevivir. A él le llamaban cariñosamente, al menos eso creo, “Capitán veneno”.

Tal vez la guerra que luego dirigieron contra los alemanes a escala mundial franceses, británicos, norteamericanos y soviéticos principalmente, fuese mucho más guerra, infinitamente más mortífera pero seguramente no tan cruel como la de los montes del Rif donde, se contaba que cuando un español caía en manos de los marroquíes, éstos tenían la fea costumbre de tajarle los testículos y cosérselos dentro de la boca.

La de Patton fue una guerra más civilizada, aunque también se contaban atrocidades en la población civil, sobre todo cuando el mando norteamericano dio a las tropas de la Unión Soviética el derecho a entrar los primeros en Berlin y con barra libre para las atrocidades. Cien mil alemanas por lo menos, no son más que cálculos, fueron violadas por aquellos soldados rojos que seguramente tenían orden de vengarse de ese país que con ínfulas de III Reich tuvo la desfachatez de intentar invadir la Unión Soviética.

Todas estas cosas, me refiero a la guerra de españoles contra rifeños, presumo que el resto sí, no lo sabe seguramente el nuevo Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, aunque siente fascinación por el uniforme y ha confiado los tres puestos más sensibles de su gobierno a ex militares de alta graduación. James Mattis, Secretario de Defensa, era General, John F. Kelly, jefe de Seguridad interna, un puesto vital en el actual organigrama, fungió toda su carrera como general de Marines y el nuevo Consejero de la Casa Blanca, Michael T, Flynn, ejerció como Teniente general del Ejército.

Tres espadachines con los que Trump cuenta llevar a bien su misión de “Norteamerica para los norteamericanos”. Todos estuvieron en los frentes más candentes y en los que más contaron para la expansión de la influencia, a veces nefasta, de Estados Unidos.

Por cierto que el principal de ellos, Mattis, lleva el bonito apodo de “Mad Dog (Perro loco), Dios y él sabrán por qué.

Esta cúpula militar ha llevado al semanario francés L’Express a escribir: “Trump, los generales en el poder”.

A mí el que más respeto-pánico me da es Mattis, el preferido del Presidente, su compadre, y no porque sus estados de servicio sean excepcionales y porque su foto no deje la menor duda de qué tipo de personaje es, sino porque, dice la misma publicación, posee, supongo que en su casa, una biblioteca con seis mil libros y que, por si fuera poco, siempre tiene a mano un ejemplar de los pensamientos del emperador Marco Aurelio, que era además un reconocido filósofo.

Todo esta carga intelectual en el cerebro de un hombre que viste el uniforme con el mismo desparpajo que Madonna los más extravagantes vestidos da que pensar y suena muy mal. “Perro loco” leyendo a Marco Aurelio…

Me he quedado más tranquilo cuando he sabido que suele decir a sus soldados cosas tan bonitas como ésta, que el semanario cita entrecomillada: “Sean ustedes corteses, sean profesionales, pero estén siempre dispuestos a liquidar a quien sea”.

Al único que probablemente no asusta es a Trump, quien le hace merecedor de una confianza cariñosa y considera que este hombre es una leyend.

El reportaje no deja la menor duda en cuanto a la preferencia de Trump por las soluciones militares. Hay una foto en este número de L’Express fechada en 2016 donde se ve al hoy Presidente hablando en el museo consagrado en Miami a la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, cuando cubanos exiliados, fuertemente respaldados por el Ejército de los Estados Unidos, quisieron invadir Cuba. Era el 16 de abril de 1961 y el inquilino de entonces en la Casa Blanca era John Fitzgerald Kennedy.

Y tontamente uno piensa, creo que es inevitable, cómo hubiese sido ese intento de invasión si en lugar de Kennedy el presidente hubiese sido Donald Trump.

El caso es que el hombre tiene una debilidad por otro militar norteamericano, el Patton del comienzo que, según él, es el único hombre digno de admiración.

“Mattis –dicen que bromea el inquilino de la Casa Blanca—es lo que más se parece a George Patton”.

El autor de la nota asegura que tanto el militar como el que fuera hasta ahora un vulgar negociante multimillonario (en dólares, no en piastras) se asemejan por el narcisismo de sus personas. Lo cierto es que Dwight Eisenhower, que durante la II Guerra Mundial fue el capo máximo, no se fiaba un pelo de Patton, convencido de que podría hacer cualquier barbaridad, y el hombre, que luego llegaría a Presidente de EEUU, sabía lo que eso puede significar en una guerra donde la ley siempre es la ley del más fuerte.

El Patton que Trump adora en el recuerdo falleció al parecer en un vulgar accidente de carretera tres días antes de Navidades de 1945, cuando estaba acabando la guerra en la que él había tenido un papel más que destacado.

Cosas de la vida.

 

 

 

 

 

 

Autor entrada: onmagazzine